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Gonzalo Rojas

Una poética del entusiasmo

Por Francisca Noguerol

Define el Diccionario de la Real Academia entusiasmo (del griego ἐνθουσιασμός o, lo que es lo mismo, «el dios dentro de sí»), como «inspiración divina de los profetas» y, en otra de sus acepciones, «inspiración fogosa y arrebatada del escritor o del artista, y especialmente del poeta o del orador». Si tuviera que resumir con una palabra la creación esdrújula y plural de Gonzalo Rojas sería sin duda ésta, estrechamente vinculada con la idea de lo numinoso y recurrente en su obra.

Y es que Rojas se sabe abocado a transmitir en sus versos lo inhablable —expresión que prefiere por sus connotaciones de oralidad a la canonizada inefabilidad—, en una experiencia estética tan intensa que lo hace debatirse entre la explosión brusca de energía —sus versos hierven, no hay duda— y la precisión y exigencia lingüística de que hace gala en todo momento. No en vano ha calificado a los poetas como «geómetras/ menesterosos de la exactitud» y, en la misma línea, declaraba en una entrevista de 2003: «estoy por la contención, no por el derramamiento. De ahí me viene mi clasicidad. Decir lo máximo con lo mínimo, como decía Pound».

Su ambición de saetero entusiasta y prometeico lo lleva a escribir una obra en y desde los límites, signada por el desgarramiento que supone debatirse entre la incapacidad expresiva y el deseo de alcanzar al dios dentro de sí. Por ello Octavio Paz lo definió con el magnífico oxímoron de «rey ciego y vidente», y de ahí también que paradojas y contradicciones se encuentran en la base de su singular escritura.

Preocupado por la inminencia de un sentido en permanente fuga Rojas escribe en gerundio, registrando el proceso creativo en pleno desarrollo, a medio camino entre la revelación del instante y el deseo de permanencia. De ahí que su lenguaje se muestre tan dinámico como titubeante, resabios de su condición de niño asmático y con problemas de tartamudez. Así lo destacará ante Jacobo Sefamí —«Mi juego poético es un gran tanteo, un gran balbuceo, un gran tartamudeo y un gran centelleo»— y, homenajeando implícitamente el «no sé qué que quedan balbuciendo» de Juan de Yepes, ante Julio Ortega: «Mi ritmo-asfixia, eso de no alcanzar. De no darle a la caza alcance».

Los antecedentes de esta escritura son reconocidos por el mismo Rojas en sus «Papeles inconclusos»: «Vallejo me dio el despojo y cierto balbuceo en diálogo con mi asma y mi tartamudez y desde ahí el descubrimiento del tono; (…) Neruda cierto ritmo respiratorio que él aprendió en Whitman (…) y en Baudelaire; pero yo gané el mío desde la asfixia». En este sentido resulta especialmente significativo su homenaje al padre de la literatura occidental, titulado —no podía ser de otro modo— «Ejercicio respiratorio»: «Azar/ con balbuceo son las líneas de Ilión/ en las que está escrito el mundo, con/ balbuceo y tartamudeo y/ asfixia, el oleaje/ de las barcas exige ritmo, Homero/ vio a Dios».

Nada mejor, pues, que volver al origen y olvidarse de los libros para acercarse a la iluminación, objetivo principal de su escritura y hecho que lo ha llevado a definirse en más de una ocasión como poeta vitalista, visionario y fisiológico. De este modo, se explica su rechazo a los académicos en versos tan significativos como los integrados en «La lepra» —luego convertido en «Aula aúlica», y donde leemos «Yo tuve que cortarme la lengua de raíz/ para librarme de la lepra»—, «Victrola Vieja» —«Maten, maten poetas para estudiarlos/ coman, sigan comiendo bibliografía»—, «Los letrados» —«Lo manchan todo con su baba metafísica»—, «Escrito con L» —«Mucha lectura envejece la imaginación del ojo/ paraliza la figura del sol que hay en nosotros» o, finalmente, «Aplausos después de la ponencia»: «No, paloma: sin semen en el cerebro no hay Krinein».

La dificultad mayor en su búsqueda de una expresión verdadera viene dada por la acción del tiempo, que todo lo desgasta y que nos aboca, heracliteanamente, a la muerte. El mismo sujeto poético se definirá en alguna ocasión como «viejoven / el que juega a la muervida, luz / propia el Mundo». Y es que «todo fluye» y nos condena a lo efímero, título de una de sus más reconocidas artes poéticas y aspecto de la existencia sobre el que ha reflexionado en más de una ocasión: «Ese es justamente mi juego y mi limitación. Estoy condenado a dar testimonio de lo efímero»; «nacemos y desnacemos en lo efímero»; «porque, dicha o desdicha, todo es mudanza para ser. Para ser, y más ser; y en eso andamos los poetas».

Ante esta situación, al verdadero creador —que asume su naturaleza de vate inspirado por algo más allá de sí mismo— sólo le queda dar cuenta, a través de un pensamiento analógico, del «largo parentesco entre las cosas» o, como señala modélicamente en «Aleph, Aleph», indagar en «esta especie de beso que las aproxima» y que sólo puede alcanzarse a través del ritmo. Las palabras se debaten así «entre el sentido y el sonido», título de la primera sección de su esencial poemario Oscuro, y hecho que lo llevará a declarar de nuevo ante Sefamí: «Tengo que enlazar unas cosas con otras. Así es como voy desrazonando. Cuando digo que me importa la idea de hesitación y la enlazo con la idea de aproximación de Heráclito es porque eso mismo me propone la certeza de no alcanzar a decir lo que quiero decir».

En esta situación, tan cercana a poéticas capitales de la Modernidad como las de José Martí —«Mis versos van revueltos y encendidos/ como mi corazón»—, Rubén Darío —«Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo»—, César Vallejo —«Quiero escribir, pero me sale espuma»— o Pablo Neruda —«(…) y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos hay,/ y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso»—, se imponen las palabras zumbido y relámpago, que vibran y parpadean en la página —de ahí la fascinación de Rojas por las esdrújulas—, capaces de expresar una realidad más alta a la asequible a través de nuestro pobre lenguaje humano, marcado por el tiempo y las circunstancias.

Signado a partes iguales por la impotencia y el deseo, Rojas se sabe obligado a dar cuenta de la pluralidad del ser. No en vano su último libro hasta la fecha se llama Esquizo, algunos de sus mejores poemas conllevan un provocador binarismo en su título —«Latín y jazz», «Alcohol y sílabas», «El principio y el fin», «Rotación y traslación», «Tacto y error»— y, a lo largo de su trayectoria, ha abordado de forma recurrente el fascinante tema del doble. Así ocurre en «El sol y la muerte», inscrito en el temprano La miseria del hombre —«Hay dos lenguas adentro de mi boca,/ hay dos cabezas dentro de mi cráneo;/ dos hombres en mi cuerpo sin cesar se devoran,/ dos esqueletos luchan por ser una columna»—; de «Aparición», escrito con motivo del nacimiento de su segundo hijo e incluido en Oscuro —«Por un Gonzalo hay otro, por el que sale/ hay otro que entra, por el que se pierde en lo áspero/ del páramo hay otro que resplandece,(…)/ entonces aparece otro y otro»; o, por último, de «Versión de la descalza», el magnífico poema dedicado a Teresa de Ávila en Materia de Testamento: «Desde que me paré y anduve tengo la costumbre de ser dos,/ dos muchachas, dos figuraciones,/ una exclusivamente blanca con pelo rojo en el sexo, la otra/ por nívea exclusivamente blanca».

Algunos de sus mejores versos dan fe de esta contradicción voluntariamente irresuelta entre las aspiraciones del individuo y su lenguaje. Es el caso del conocido principio de «Pareja humana» —«Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español de un mismo lirio tronchado»—, sólo posible en un autor que se reconoce constantemente en el filo de la navaja incluso desde el punto de vista estético pues, como él mismo afirma en «De donde viene uno»: «Si por la oreja derecha me entraba lo aúreo de la clasicidad, por la oreja izquierda lo hacía la modernidad».

Comencé mi exposición hablando de Rojas como un poeta del entusiasmo. ¿Qué mejor colofón, pues, que concluirla con las palabras que él mismo pronunció el año pasado durante la inauguración de la 49 edición del Premio Literario Casa de las Américas, y en la que se aprecia perfectamente la presencia del dios en su literatura?: «Oleaje, oleaje, de ahí vengo yo, de ahí tengo que estar viniendo todavía libérrimo y esquizo, inconcluso y larvario. Y por añadidura asmático de asma grande, eso sí. (…) ¡Y el sol, el sol!».

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