Por M.ª Teresa González de Garay
Sobre la poesía —prolífica, variada y desbordante— del chileno Gonzalo Rojas se ha escrito tanto que es difícil decir algo original.
En el corto espacio de que dispongo querría dar testimonio del impacto que la poesía de Gonzalo Rojas tuvo en Logroño en el año de 1989, gracias a la divulgación que realizó de su obra la revista trimestral de Literatura, Crítica y Artes, Calle Mayor, en su último y doble número 8/9, que vio la luz de manera póstuma.
En este —para los poetas de la ciudad— legendario número, se incluyó un dossier de poesía titulado «Coloquios de Oficio Mayor» (ilustrado por montajes de 1987 de los artistas locales Félix y Teo Sabando) que constaba de entrevistas elaboradas por el peruano, crítico y también poeta, Miguel Ángel Zapata, a los escritores hispanoamericanos Gonzalo Rojas (Lebu, 1916), Eduardo Espina (Montevideo, 1954), José Kozer (La Habana, 1940), Óscar Hahn (Iquique, 1938), Javier Sologuren (Lima, 1921), Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) y Carlos Germán Belli (Lima, 1927). Las entrevistas iban acompañadas por una muy acertada, aunque escueta, selección de poemas.
Era un homenaje a la poesía latinoamericana y una manera de acercar las dos orillas desde una tierra del interior de España, a la vez que mostraba la curiosidad y el amor que la joven «Escuela de Logroño» (según conceptualización de José Ignacio Foronda, uno de los miembros de su consejo de redacción) sentía por la poesía hispanoamericana.
El dossier fue muy bien acogido y gustaron mucho los poemas y entrevistas. Gonzalo Rojas se destacó por la inclusión del manuscrito de su poema Éxtasis del zapato, con una hermosa e imponente caligrafía, que sugería la visión de un cinematográfico zapato de mujer, dibujado con la palabra, esa palabra para la que Gonzalo Rojas, un poco más abajo, solicitaba repetidamente (cinco veces) «un aire nuevo». Un aire nuevo, «no para respirarlo/ sino para vivirlo». Y su poema consiguió precisamente esto: dar vida al zapato, y darle una vida profunda, pasada, presente y hasta conjetural. También le dio una imagen y una música.
Es algo bien sabido, pero llama la atención, en primer lugar, cómo la herencia de modernistas tan exquisitos, espirituales y materiales a la vez, como José Asunción Silva, está viva en la inmediatez con que las cosas viejas, quizá inservibles o abandonadas, se comunican con el alma del poeta. En su poema «Al pie de la estatua» de Bolívar, Silva había escrito alguna consideración general respecto a esa especial sensibilidad de los poetas con los objetos: «…el poeta,/ con quien conversa el alma de las cosas,/ en son que lo fascina,/ para quien tienen una voz secreta…».1
Y en Vejeces el poeta más desengañado y melancólico del cono sur dejó cifradas unas reflexiones que bien pudiera suscribir el vital y numinoso autor de Río Turbio:
Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
son de laúd, y suavidad de raso.
(…)
sortija que adornaste el dedo fino;
de algún hidalgo de espadín y gola;
(…)
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
(…)
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas! 2
Gonzalo Rojas es un poeta de cuerpo entero y su poema Éxtasis del zapato lo confirma. Lo primero que aparece en el poema es la pregunta por el origen de un zapato de mujer, objeto tan frecuentado por el fetichismo sexual, medio enterrado en el campo junto a un cerezo. Pero objeto y escenario —zapato y cerezo— están sobrenaturalizados por el poeta. El zapato está enterrado «entre el cerezo y el espectáculo del cerezo», entre una esencia, el árbol, un ser vegetal hermoso y suculento, y el despliegue de su belleza ante los ojos que lo contemplan. Por otro lado allí el zapato está enterrado, pero también «vivo» porque encierra lo que en un tiempo fue:
¿De dónde habrá salido este zapato
de mujer, enterrado y vivo
entre el cerezo y el espectáculo
del cerezo?
Tras la pregunta llega la conjetura, la imaginación y la fantasía. Rojas evoca los pies femeninos que habitaron el zapato presente y el ausente. Marca la extrañeza de esa ausencia y ofrece una leve sugerencia erótica en la imagen de las uñas pulidas y brillantes de la mujer, «de diamante», y del probable diálogo «libertino» entre los dos pies. Alguna vez hubo una mujer, ya no la hay. Una trasposición del viejo ubi sunt clásico:
Alguna vez hubo
uñas de diamante ahí de un pie
libertino en diálogo
con el otro
del que no hay noticia.
Y retorno al presente de la imagen. El zapato, ahora humanizado por el paisaje y por las reflexiones del poeta, está ocioso y desamparado. Duerme en la hierba su soledad, mutilado de su pareja, altivo y lastimoso a la vez. El zapato está lejos de todo. Lo que sucedió, lo que vivió, su dueña, ya no están, de ahí la lejanía, la nostalgia, la imperfección.
Además de la soledad, el abandono y la descontextualización del zapato de mujer sin mujer, éste parece haber perdido también lo que más realce le ha dado siempre, el tacón. Pero no importa. Allí surge el zapato triunfante, junto al cerezo y a su espectáculo, en medio de la música interior y exterior que el poeta percibe y expresa. La vida del zapato ya está en la mirada del poeta y en la música del universo, que no es otra que la de la naturaleza, la vegetal y la del ser humano.
Ocioso
ahora duerme su desamparo en el pasto
a medio fulgor, mezcla
de altivez y
lástima: todo tan lejos. Lo
arqueológico, lo
arterial del arco, el tacón,
¡y esa música!
¿No había proclamado Verlaine que «La musique avant toute chose»? ¿Y no había escrito el genial Rubén Darío en las «Palabras liminares» de Prosas profanas lo siguiente?:
¿Y la cuestión métrica? ¿Y el ritmo?
Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas veces.3
Gonzalo Rojas ofrece carne a la idea con su zapato en éxtasis, con las letras de unos versos que indagan la historia secreta, que dibujan metonímicamente a su dueña, con sus sentimientos más íntimos y líricos ante la contemplación de este zapato asomado a la naturaleza, solo y olvidado ya para la vida presente.
Porque Gonzalo Rojas hace realidad casi siempre las palabras de ese hermano americano que todo lo perdió, el ya citado José Asunción Silva, que lúcidamente escribió: «El alma del poeta es delicada/ arpa —que cuando vibra el sentimiento,/ en sus cuerdas sensibles— se estremece,/ y produce sus cantos y sus versos».4
Gonzalo Rojas intuyó el éxtasis de ese zapato femenino y lo compartió con los poetas riojanos de Calle Mayor una ya lejana primavera del siglo pasado.
Porque no siempre —como publicó uno de los compañeros del dossier, el excelente poeta Álvaro Mutis— el poema es «un pájaro que huye/ del sitio señalado por la plaga», ni «un tiro al blanco en medio de la noche», ni «un lento naufragio del deseo», sino que puede aparecérsenos como un «crujir de los mástiles y jarcias/ que sostienen el peso de la vida/ (…) invadiendo y desgarrando/ la amarga telaraña del hastío».5
Gonzalo Rojas siempre residirá en la memoria y en las imágenes de aquella Calle Mayor de la poesía. Y su zapato, evocado en tinta roja, armonizará con los dulces frutos del cerezo de nuestra imaginación. Laus Deo.