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Gonzalo Rojas

El dador de cumbre

Por Alexandra Domínguez

Años atrás, durante el tiempo de la intemperie, yo vivía en la ciudad de los lagartos venenosos, como gusta de llamar a mi lugar natal, Concepción del Nuevo Extremo, el poeta Gonzalo Rojas. Algo extremo debe haber venido sucediendo allí desde hace décadas, para que el autor de La miseria del hombre, se refiera de ese modo a una ciudad en la que no hay lagartos. Veneno sí, ríos de veneno, lagos de veneno, océanos de veneno. Colibríes también, los pájaros diminutos que liban el veneno escarlata de las buganvilias y mueren al anochecer en las manos de Emily. Pero aquel entonces es ahora la raya del silencio tras la que ladran a la compasión los perros envejecidos. Yo soñaba en la remota casa de ladrillos rojos, en lo alto de una pequeña colina enraizada de aromos y árboles mestizos. Yo misma en el lugar esa infancia, la noche adolescente que encendía por el valle el misterio inalcanzable de la Cruz del Sur, la única cruz que no es un instrumento de tortura sino la hermosa conciencia de un astrónomo. Así una noche tras otra hasta que llegó el instante de la iluminación, el primer relámpago del último septiembre en que floreció la vieja rama de las lilas de Whitman. Caen las hojas, acuden las estrellas al club de los corazones solitarios, regresan al monte del silencio los quirquinchos. Y no hay charangos, ya no hay casa ni padre que la cuide. Hay ausencia y hay lagartos venenosos, y habrá entonces también de haber poesía.

La provincia es la dificultad de cuanto ha renunciado al centro, como la poesía es la lengua de cuanto se niega a significar lo mismo. La muchacha desobediente al clan de su clase se tiñe el corazón con el veneno de las palabras de Rimbaud, aquel salvaje adolescente de Lebu que pudo ser ya por entonces el descendiente del minero inmortal al que llamaban Rojas, Gonzalo, este de ahora mismo: Gonzalo Rojas. Y la imaginación cambió de casa, porque ya no hay casa para la que ya no es, como no hay idioma para lo que es mucho antes de ser dicho. Ese fue el inicio del diálogo, un algo con el no saber, una alianza en el azar que no se elige.

¿Con qué tinta de escribir el resplandor se podría anotar aquí la palabra vértigo? No hay eternidad para el instante, no hay edad para el poeta sino resistencia en la duración. Eso es Rojas, un relojero de la atmósfera que ha detenido el tiempo en que envejece el habla de lo oído, la mentirijilla retórica de lo usado, la preceptiva obediente de lo ya mil veces dicho. Todo en él es lengua auroral, alumbramiento y génesis, pronunciación primera de una desconocida intensidad, la que articula nuevas correspondencias entre las semejanzas desapercibidas de lo sensible e instaura la supremacía del deseo y los sueños sobre la angustia de la realidad.

No otra ruta han tenido los pájaros solitarios, ni otra conducta, que no ejemplaridad, los renegados de la tribu. Un pitagórico excéntrico, un espíritu sin bandada consultando el oráculo de las fugaces cada vez que el astro grande se asoma al mundo con la voz iluminada de su cero. Partir de cero, eso ha hecho desde el pupitre Gonzalo Rojas, someter la sabiduría de las multiplicaciones al grado cero de la permanente escritura, averiguar en su desorden el otro desorden de lo alto, el cuántico, el perfecto desorden bajo cuyo estricto método se expanden las galaxias y fructifica el girasol. De ahí su saber y la resistencia al saber de su tejido textual, un traje para la desnudez, una boina de paño para el espantapájaros de los campos saqueados por la preceptiva.

Tantas veces sentado ahí junto a la cabeza etrusca como vigilante de lo mínimo. Tantas otras en que lo carente de importancia se termina revelando como materia de lo imprescindible. Hablando, siempre en las matemáticas del habla, en la caprichosa amistad de los que eligen su alfabeto, sus afectos, sus discordias. Igual en el irónico diván del día efímero que encaramado al púlpito de las sílabas de la filosofía, siempre el semejante Rojas, lo mismo hablándole a los Borbones como si les hablara a los mineros de Orito, que discutiendo el cómputo de lo incomprensible con el ángel de los mendigos. Y esa no es ya escasa razón para detenerse ante él y abrir los ojos del oír. Se oye lo que se oye, la respiración de las rosas, las tijeras del jardinero.

No lejos de todo esto queda la ciudad que compartimos, los lagartos, el veneno. Aceptemos la hipótesis de que bajo el mismo campanil de la Universidad de Concepción él leía el telegrama de Breton y yo leía al miope Ginsberg. Hay que ser miope para ver algunos grados de la transparencia. Aceptemos la hipótesis del aburrimiento de la niebla, un sendero de piedras blancas, sin duda latinas, para llegar hasta los sueños aún pendientes de ser soñados. Gonzalo Rojas era en mi adolescencia la leyenda de lo que fueron los sesenta, la desembocadura de la utopía antes de la tragedia civil. Estuvo entre lúcidos, continuó entre los vigías de la única aristocracia no indigna, la de la inteligencia de los transgresores, la de los que oponen el porvenir a la melancolía y la desobediencia de la memoria crítica a la ritualización del recuerdo.

Cada poema de Gonzalo Rojas es una partícula elemental de la conciencia, palabras que giran en torno a un núcleo secreto, acaso impronunciable, acaso paradójicamente aún no vinculante con la figuración de la materia. Vocales, ecos de lo otro cuya existencia da cuenta del proyecto sensible del mundo. Así he percibido su voz, como la restitución de la cabeza de la Victoria de Samotracia sobre las ruinas del encantamiento, una gramática oscura para la claridad de Babel.

Carece de importancia el tiempo como también esta escritura que en mi puntualidad lo refiere como experiencia de afectividad. Más allá de todo esto el río de Heráclito continúa llevando sus aguas a las nubes intuitivas y las violetas de lápida. Rojas está solo, entre los cristales rotos de Celan y las sílabas negras de Gamoneda. Rojas está vivo, vívido, vivaracho. Así está dicho y no de ninguna otra manera.

Todo lo demás pertenece a lo sin dueño, es decir al mito, a la amable creencia, a la elegante superstición de la literatura. Gonzalo Rojas en permanentes nupcias con su volcán sagrado, el que a dos palmos de la cabecera de su cama china con espejos rumia el silabario de las transformaciones geodésicas. Rojas en la maniática música que se fuga de las visiones, incomodando a la noria académica, esbozando los primeros compases discursivos al siglo que comienza, concluyendo los últimos rasgos de la modernidad a la compleja máscara del que recién termina.

Queda el amor que sobrevive a lo tanático, queda lo celebratorio que se impone a lo ominoso, queda la esclarecida senda que conduce a lo que negado por la realidad cumple su existencia en lo poético. Tal vez al otro del desenmascaramiento la materia oscura del poema resuelva definitivamente su enigma y lo desconocido, lo irreductible a los códigos de la razón, a lo comprensible y empírico, a lo demostrable y pragmático, no sea otra cosa que la simple materia del poema, su acto de habla, la cábala de su anticipación de realidad ante el desafiante futuro.

Por ahí va cuanto adivino de su compromiso y mi convivencia con la tempestad de sus párrafos, una cercanía en las visiones de lo otro, un puñado de arena de reloj en el ojo del milagrerío y la beatería rimada, un salirse del surco con evidente intención de perderse. Sin banderas patrióticas, sin más nota a pie de página que la huella dactilar del viejo niño salvaje que puso patas arriba la mesa del banquete platónico.

Años atrás, después del tiempo de la intemperie, regresa entre las fotografías del asombro el dador de cumbre a la superficie de mi pensamiento. Entorno los ojos y veo a Gonzalo Rojas montado en un caballo, y no hay caballo, atravesando un río sin que haya río, discutiendo de pájaros con Mestre, sin que existan ya los pájaros, los cóndores sagrados, el inmortal ruiseñor que derramaba al alba sus vocales para Hilda. No otro fue el pasado del futuro, tampoco otro el fervor de la vida.

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