Por Trinidad Barrera
Cuando Gonzalo Rojas (Lebu, 1916) abandona el grupo surrealista «Mandrágora» está marcando una postura personal que ha insistido en explicar personalmente en más de una ocasión (Benedetti, 19811; Busto Odgen, 19862). Su deseo de libertad iba más allá de la preconizada por los surrealistas y a raíz de este abandono encamina sus pasos a las tierras desérticas de Atacama en donde compartiría experiencias vitales allá por los años 42 y 43. Su poesía se enraíza desde su primer libro, La miseria del hombre (1948), en lo humano donde el tono de César Vallejo, uno de sus dioses protectores, resuenan en el silencio:
¿Qué eres tú? ¿Qué soy yo
sino un cuerpo prestado
que hace sombra?La sombra es lo que el cuerpo
deja de su memoriaYo tuve padre y madre
pero ya no recuerdo
sus cuerpos ni sus almas…
Vallejo, ha dicho el chileno, «me dio el despojo y desde ahí el descubrimiento del tono» (Materia de testamento, 1988). Despojamiento, desnudez, tono, música, pero también en su primer libro resuenan los ecos, como no, de Pablo Neruda, un ejemplo entre otros en «Crecimiento de Rodrigo Tomás»:
Libre y furioso, en ti se repite mi océano orgánico,
hijo de las entrañas de mi bella reinante:
la joven milenaria que nos da ese placer de encantarnos
mutuamente, desde hace ya una triple primavera…
con ese «ritmo respiratorio», confeso por el poeta, deudor del otro gran maestro de la lírica chilena. Y es que su primer libro, al mismo tiempo que evidencia las huellas de sus lecturas, va abriendo un camino personal que se instala en la condición humana y marca una atracción por la palabra directa, la que va a la raíz de las cosas sin perderse en florituras vacuas, en busca siempre de lo auténtico. Sería injusto limitar a estos dos nombres sus devociones ya que sin salir de su país, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral o Pablo de Rokha, han sido igualmente huellas confesas.
A este primer libro le seguirá una larga nómina: Contra la muerte (1964), Oscuro (1977), Transtierro (1979), Del relámpago (1984), El alumbrado (1986), Materia de testamento (1988), Desocupado lector (1990), Río turbio (1996), Qué se ama cuando se ama (2000), Del ocio sagrado (2002), Del loco amor (2004), Las sílabas (2006), Esquizo (2007). Son sólo algunos títulos entre lo más granado de una producción incesante, fluida, concatenada.
Desde el primer libro la poesía de Rojas ha estado atravesada por una peculiar forma de erotismo que une a Eros y al poema en un mismo espacio sagrado: «Pasábamos por ti como las olas / todos los que te amábamos. Dormíamos / con tu cuerpo sagrado./ Salíamos de ti paridos nuevamente/ por el placer, al mundo» («Perdí mi juventud»).
Sin perder el carácter visionario, su poesía va creciendo a partir de un magma original, ampliando en sus mismas ondas el proceso primigenio, por eso su primer libro es algo más que un comienzo, la crítica considera que ya todo está ahí y el propio Rojas, en conversación con Mario Benedetti (1981), le confiesa que «sigue siendo mi cantera y quod scripsi scripsi, todo está ahí y perdura; el respiro-asfixia, el desenfado, el vaivén pendular de lo muy abierto a lo críptico, el desollamiento, el tono, la ambigüedad riente».
Dieciséis años transcurrieron antes de aparecer su segundo libro que lo situó de pleno en el panorama poético. Contra la muerte es un claro exorcismo frente al fin de la existencia y, por extensión metafórica, frente a las pequeñas muertes cotidianas:
Del aire soy, del aire, como todo mortal,
del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas,
pero vuelvo a decirte que los hombres estamos tan cerca los unos de los otros,
que sería un error, si el estallido mismo es un error,
que sería un error el que no nos amáramos.(«Mortal»)
Anclaje en la vida, en el goce, en el amor frente a la muerte. A partir de ahora su poesía se hace más vital si cabe y el erotismo continúa su andadura en alianza con la oscuridad que da nombre al tercero de sus libros, Oscuro (1977). Libro articulado en tres partes, «Entre el sentido y el sonido», «Que se ama cuando se ama» (que dará con posterioridad título a otro volumen) y «Los días van tan rápidos», unión de lo poético, lo erótico y el paso del tiempo. En él figura «Ars poética en pobre prosa», minimalista autobiografía poética, iniciada con una declaración de principios («Lo que de veras amas no te será arrebatado») del que se sabe seguro ya del don de la palabra poética. Como hábil ceramista modela lo que sabe poseer como don, el poeta visionario se muestra una vez más cuando dice:
Voy corriendo en el viento de mi niñez en ese Lebu tormentoso, y oigo, tan claro, la palabra «relámpago». «Relámpago, relámpago». Y voy volando en ella, y hasta me enciendo en ella todavía. Las toco, las huelo, las beso a las palabras, las descubro y son mías desde los seis y los siete años; mías como esa veta de carbón que resplandece viva en el patio de mi casa. Es el año 25 y estoy aprendiendo a leer. Tarde, muy tarde. Tres meses veloces en el río del silabario. Pero las palabras arden: se aparecen con un sonido más allá de todo sentido, con un fulgor y hasta con un peso especialísimo. ¿Me atreveré a pensar que en ese juego se me reveló, ya entonces, lo oscuro y germinante, el largo parentesco entre las cosas?
En sus siguientes libros, Rojas está ya diseñado como poeta visionario, analógico, rítmico, en abierto diálogo consigo mismo y con los demás. Sus libros van naciendo y creciendo apoyándose conscientemente unos en otros, dialogando entre sí, formando, a veces, armónicas voces en antologías propias. Quizás uno de los libros claves en la etapa de los ochenta sea Materia de testamento (1988) publicada en Madrid por el sello de Hiperion. Obra iluminadora para comprender cabalmente su poética, en ella nos harán revelaciones íntimas que corroboran sospechas lectoras, tales como sus tres vertientes fundamentales, la numinosa, la erótica y la de testigo de la vida. En el libro hay un poema que le da título al volumen donde repasa acontecimientos personales seleccionando «curiosos» dones para cada persona o momento que han sido claves en su vida: «A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lenbú, todo el mar / a mi madre, la rotación de la tierra…» y así, sucesivamente, va desde su familia, padres, hermanos, hijos o esposa, a amigos o conocidos o a acontecimientos vividos de forma directa, en ocasiones con ternura, en otras, con rabia, «al año 73 la mierda», «al surrealismo, él mismo», «a la muerte un crucifijo grande de latón». Gonzalo Rojas escarba en los pozos de la memoria para devolvernos prístina la pureza de las cosas haciendo inventario de sus pertenencias.
Larga sería la semblanza de la totalidad de su obra pero podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el poeta está ya fijado en estos libros iniciales y como en «El sol es la única semilla», sus coordenadas son enunciadas con claridad desde su primer libro: «Vivo en la realidad / duermo en la realidad / muero en la realidad».
Galardonado con innumerables premios, en España lo ha sido con el Primer Premio Reina Sofía en 1992 y con el Premio Cervantes que vino a coronar en 2003 el tributo merecido a una carrera amplia y justamente galardonada. La entrega de dicho Premio en 2004 vino a coincidir con el centenario del nacimiento de Pablo Neruda.