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Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik y Alaluz

Por Ana María Fagundo

Entre las colaboraciones recibidas en los primeros años en que fundé en la Universidad de California (campus de Riverside) la revista de poesía, narración y ensayo Alaluz (1969-2001) hubo una que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de una poeta argentina, para mi desconocida en ese momento, cuya poesía sobresalía por la intensidad expresiva, por la fuerza de los versos, por la desnudez punzante de su decir. Sin duda, me encontraba ante una mujer a la que le dolía profundamente el vivir. Enseguida la asocié con las norteamericanas, por mí bien conocidas, Sylvia Plath y Anne Sexton, poetas que, andando el tiempo, no pudieron o no supieron seguir adelante y sucumbieron, por propia mano, a la muerte. Esto, en esas fechas —sobre el año 1969— yo no lo podía adivinar de Alejandra Pizarnik, pero cuando fueron llegando sus poemarios dedicados, la sospecha se hizo más real. La poeta argentina se acercaba peligrosamente al abismo: «Señor, quita de mí este féretro».

Entre 1969 y 1971 mantuvimos Alejandra y yo correspondencia e intercambiamos poemarios. Fue así que me llegaron dedicados por la —para mí fascinante y enigmática— poeta sus libros, Árbol de Diana, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical. A través de ese desnudo y poderoso decir llegaba hasta mi casa de California la voz auténtica y dolorida de una mujer poeta que sentía la agonía del estar siendo con una urgencia casi infernal. Esta mujer estaba peligrosamente —lo sentí entonces— al borde del abismo y sin posibilidades de dar marcha atrás porque esa fascinación con la muerte era parte esencial de su estar en el aquí y ahora. Intuí que resistiría mientras la palabra poética acudiera a la cita, mientras la palabra poética se enmarcara dentro de un orden y anulara al caos del «no ser». A través de la poesía, Alejandra penetraba en las regiones más ocultas y subyugantes —y a la par más peligrosas— de su yo:

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra

Dos poemas suyos («Último signo» y «Lazo mortal») se publicaron en el número de Alaluz de la primavera de 1970. Tres años después, cuando Alejandra ya no podía verlos, aparecieron, en un número monográfico dedicado a la poesía escrita por mujeres en el continente americano, dos de los poemas que me había enviado antes de morir: «Simple comme une phrase musicale» y «En esta noche, en este mundo». Con esa sin duda fascinante mujer que fue Alejandra Pizarnik de cuya vida personal yo lo desconocía todo, pero cuya poesía ejercía en mí similar atractivo a la de Sylvia Plath o Anne Sexton, tenía yo una deuda de gratitud no sólo por su contribución a las páginas de Alaluz sino también por el generoso envío de sus libros. Por eso cuando en 1988 la catedrática de la Universidad de Los Andes en Bogotá, Monserrat Ordóñez, me invitó a colaborar con un artículo sobre alguna escritora hispanoamericana en su Spanish-American Women Writers (Nueva York, Greenwood Press, 1990), acepté con la condición de que mi estudio fuera sobre la poesía de Alejandra Pizarnik. La lectura de la extensa bibliografía sobre la poetisa argentina que tuve que realizar para ese trabajo me dio una cabal idea del día a día de su vida; esa difícil y angustiada trayectoria vital suya en la que, pese a todo, había podido fraguar una obra poética que no sólo influiría en la poesía argentina posterior sino que como tal obra poética ocupa un destacado y merecido lugar en la poesía publicada en castellano durante el siglo xx.

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