Los extravíos e iluminaciones que la crítica advierte en textos como El deseo de la palabra, Árbol de Diana y El infierno musical atañen asimismo a la personalidad de su autora, Alejandra Pizarnik, cuya fuga de la realidad acabó traduciéndose en prestigio poético. No obstante, a pesar de la sensación de extrañeza que preside su repertorio vital, las vicisitudes afectivas de esta escritora también pueden encandilar al lector por el modo en que, en un segundo movimiento, la empujaron a rebuscar el misterio que impregna lo cotidiano. De ese modo, la poesía aparece como resultado espontáneo de una biografía que no hubiera podido expresarse con otro tipo de imágenes. Puestos a introducir las claves de semejante búsqueda, podemos recordar las líneas que ella misma escribió a León Ostrov desde París, a fines de 1960: «En fin —le dice—, tengo mucho miedo y sin embargo estoy maravillada, fascinada por lo extraño y lo inextricable de todo lo que soy, de todas las que soy y las que me hacen y deshacen» (Correspondencia Pizarnik, Buenos Aires, Seix Barral, Editorial Planeta Argentina, 1998, p. 50).
Desde este costado literario, entreviendo enigmas semejantes, Pizarnik reproduce un ademán que la emparenta con Isidore Ducasse, quien editó en 1869 la versión completa de sus Cantos de Maldoror bajo el seudónimo de Conde de Lautréamont. Ciertamente, unas palabras de este último pueden servirnos de invitación para penetrar en el universo de su heredera. «Me propongo —escribe—, sin estar emocionado, declamar con poderosa voz la estrofa seria y fría que vais a oír. Prestad atención a su contenido y evitad la penosa impresión que ella intentará dejar como una mancha en vuestras turbadas imaginaciones» (Obra completa. Edición bilingüe, traducción de Manuel Álvarez Ortega, Madrid, Ediciones Akal, 1988, p. 69). Las auténticas revelaciones vendrán después, pero antes de cruzar el pórtico vale la pena convocar a otro personaje afín a Lautréamont y a nuestra poetisa: André Breton.
Porque ¿cómo evitar esta referencia a Breton? Aunque rebelde a las clasificaciones, la escritora confió en la metodología surrealista del maestro, quizá recordando que, en palabras de este último, la vida humana «no sería tan decepcionante para algunos si no nos sintiéramos constantemente en la obligación de realizar actos por encima de nuestras fuerzas. Parece incluso que el milagro esté a nuestro alcance» («Los cantos de Maldoror», Los pasos perdidos, traducción de Miguel Veyrat, Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 59). En vela constante, arrebatada por un soplo de frenesí, y por otras razones que no escaparán al lector que visite esta muestra, Pizarnik quiso tantear un milagro como ese que comenta Breton. Un milagro que, sin lugar a dudas, sobrepasaba sus posibilidades emocionales. Cuando menos, así lo entiende Enrique Molina, otro observador que piensa en Alejandra, y la ve pasar, «solitaria, en una de esas enormes burbujas del Bosco donde yacen parejas desnudas, dentro de un mundo tan tenue que sólo por milagro no estalla a cada segundo. Pero la suya es una burbuja nocturna, irisada como una perla negra» («La hija del insomnio», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, p. 5).