Había un hombre que vivía junto a un cementerio y nadie preguntaba
por qué. ¿Y por qué alguien habría de preguntar
algo? Yo no vivo junto a un cementerio y nadie me pregunta por qué.
Algo yace, corrompido o enfermo, entre el sí y el no. Si un hombre
vive junto a un cementerio no le preguntan por qué, pero si vive
lejos de un cementerio tampoco le preguntan por qué. Pero no por
azar vivía ese hombre junto a un cementerio. Se me dirá que
todo es azaroso, empezando por el lugar en que se vive. Nada me puede importar
lo que se me dice porque nunca nadie me dice nada cuando cree decirme algo.
Solamente escucho mis rumores desesperados, los cantos litúrgicos
venidos de la tumba sagrada de mi ilícita infancia. Es mentira.
En este instante escucho a Lotte Lenya que canta Die dreigroschenoper. Claro
es que se trata de un disco, pero no deja de asombrarme que en este lapso
de tres años entre la última vez que la escuché y
hoy, nada ha cambiado para Lotte Lenya y mucho (acaso todo, si todo fuera
cierto) ha cambiado para mí. He sabido de la muerte y he sabido
de la lluvia.
Tomado de «Los muertos y la lluvia», en Prosa completa, edición a cargo de Ana Becciú, prólogo de Ana Nuño, Barcelona, Editorial Lumen, 2002, p. 43.