Aceptando a Proust como legítima inspiración a la hora de rotularlo, este texto de 1965 luce el mismo nombre que aquel poemario de Alejandra vertido al francés: Les travaux et les nuits. Quienes se encargaron de traducirlo fueron Claude Couffon y Silvia Baron Supervielle. Con su habitual oportunidad, esta última interpreta el ciclo y nos dice que, «página tras página, Alejandra Pizarnik deja no solamente su sombra sino también su aliento, señalando por imágenes tan violentas como sencillas y que no le pertenecen sino a ella. Este lenguaje es sinónimo de su presencia» (Obras completas. Poesía y prosas, prólogo de Silvia Baron Supervielle, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1990, p. 10).
A diferencia de lo establecido en Árbol de Diana, la escritora argentina redondea hasta la extenuación la fórmula amorosa y semiceleste de Los trabajos y las noches. He aquí un patetismo en la intención de captar la realidad absoluta que, en opinión de Bernardo Ezequiel Koremblit, es, al fin, «una prueba de cómo se conjugaban y se atendían con machiembrada reprocidad lo anterior y lo presente y cómo ambos podían ser gérmenes de lo posterior» (Todas las que ella era. Ensayo sobre Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1991, pp. 36-37). Por esta vía, la conformación de las piezas alterna el apasionamiento y la parálisis: «Tú eliges el lugar de la herida / en donde hablamos nuestro silencio. / Tú haces de mi vida / esta ceremonia demasiado pura». (Obras completas. Poesía y prosas, op. cit., p. 237). Por lo demás, de la variada oferta de impresiones que depara el diálogo, la poetisa elige el reconocimiento: «Tú haces el silencio de las lilas que aletean / en mi tragedia del viento en el corazón. / Tú hiciste de mi vida un cuento para niños / en donde naufragios y muertes / son pretextos de ceremonias adorables». Y, por supuesto, busca anhelante el imposible encuentro: «Alguien entra en el silencio y me abandona. / Ahora la soledad no está sola. / Tú hablas como la noche. / Te anuncias como la sed».
De otro lado, tanto en Árbol de Diana como en Los trabajos y las noches se advierte el cuidado puesto en el aspecto fónico y rítmico del lenguaje. Atenta a esa cualidad, Anna Soncini comprueba en ambas entregas «un amplio uso ya sea de asonancias, aliteraciones y paranomasias, ya sea de distintas figuras de construcción que implican iteración de partes del discurso, tales como el polisíndeton, la anáfora, la epífora, el homeoptoton, la epenalepsis y la anadiplosis, ya sea, también, de repeticiones de carácter sintáctico» («Itinerario de la palabra en el silencio», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, p. 13).
En un plano menos técnico, principalmente sugeridor de enigmas y ensimismamientos, Alejandra emplaza al lector para que descubra los materiales preferentes de todo su repertorio. De ahí que proponga una típica melodía de infancia: «Hora en que la yerba crece / en la memoria del caballo. / El viento pronuncia discursos ingenuos / en honor de las lilas, / y alguien entra en la muerte / con los ojos abiertos / como Alicia en el país de lo ya visto». Desde el silencio, salta al otro lado del espejo para descubrir a otra compañera que, por supuesto, no es un conejo blanco y presuroso: «La muerte siempre al lado. / Escucho su decir. / Sólo me oigo».
Como reflejo, el proyecto mismo repite fórmulas y nos obliga a meditar en ecos psicológicos más profundos. En realidad, enganchados a estas palabras, estamos de nuevo ante esa duda existencial que, al igual que a Pizarnik, también atrae a Silvia Baron Supervielle: «Quizá no somos seres humanos —concluye la escritora franco-argentina—, sólo tenemos apariencia humana. Ningún hombre me reconoce como lo hace el árbol o el caballo, ni me habla con mi propia voz como lo hace el mar. Por otra parte, si concibo la idea de que pertenezco a otro reino, adquiero una infinita libertad» (La línea y la sombra, traducción de Eduardo Paz Leston, Valencia, Pre-Textos, 2003, p. 113).