Antes de deshilar algunas entretelas de esta creación de 1956, vale la pena recordar unos versos de Olga Orozco en los cuales, de un modo delicado y gentil, Alejandra queda retratada en un marco muy próximo a la obra que acá reseñamos: «Pequeña centinela, / caes una vez más por la ranura de la noche / sin más armas que los ojos abiertos y el terror / contra los invasores insolubles en el papel en blanco. / Ellos eran legión. / Legión encarnizada era su nombre / y se multiplicaban a medida que tú te destejías / hasta el último hilván, / arrinconándote contra las telarañas voraces de / la nada» («Pavana para una infanta difunta», Alejandra Pizarnik. Semblanza, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 314). No es difícil relacionar esta descripción versificada con La última inocencia, cuyo título está tomado —así lo indica César Aira— del cuarto apartado de Mala sangre en Una temporada en el infierno: «La última inocencia y la última timidez. Queda dicho». Esta frase alude al pasaje previo: «Mi vicio. El vicio que ha echado raíces de dolor en mi flanco, desde que tengo uso de razón…». No sin argumentos, Aira cree que la elección por parte de Alejandra de dicha fórmula «es quizá, en el comienzo de su obra, una velada referencia a su homosexualidad, en tal caso la única que habría hecho en toda su obra publicada» (Alejandra Pizarnik, Barcelona, Ediciones Omega, col. Vidas literarias, 2001, p. 42).
Al margen de dicha impresión, y aun teniendo en cuenta su equívoca circunstancia social, lo cierto es que Pizarnik declara su complacencia en un mundo íntimo y estable en el cual busca cobijo. Un mundo con su propia mitología y sus propias urgencias: «Hay que salvar al viento —escribe— Los pájaros queman el viento / en los cabellos de la mujer solitaria / que regresa de la naturaleza / y teje tormentos / Hay que salvar al viento». (Obras completas. Poesía y prosas, prólogo de Silvia Baron Supervielle, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1990, p. 223). Al igual que otros detalles inefables, las zonas de placer y angustia que el libro delata forman parte de esa patria poética que Bernardo Ezequiel Koremblit resume del siguiente modo: «cosmogonías, infancia genesíaca de un astro virginal y luego adultez apocalíptica, erotismo tan delicado y sutil como paroxismal y en ascuas, la muerte» (Todas las que ella era. Ensayo sobre Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1991, p. 13).
Como es imaginable, en una simpatizante del sueño freudiano y del juego surrealista no pueden faltar alusiones al prisma onírico: «Estallará la isla del recuerdo / La vida será un acto de candor / Prisión / para los días sin retorno / Mañana / los monstruos del buque destruirán la playa / sobre el vidrio del misterio / Mañana / la carta desconocida encontrará las manos del alma». (Obras completas. Poesía y prosas, op. cit., p. 223). Claro está: el sueño no tiene una realidad radical y, como emergencia de la memoria, se mueve mejor en la oscuridad. A buen seguro, Alejandra recuerda lo dicho por el Conde de Lautréamont: «Las alucinaciones peligrosas pueden originarse de día, pero se originan sobre todo de noche. Por lo tanto, no te extrañes de las fantásticas visiones que parecen percibir tus ojos» (Obra completa. Edición bilingüe, traducción de Manuel Álvarez Ortega, Madrid, Ediciones Akal, 1988, p. 109). Entreverada con estas pesadillas, la escritora sitúa la extrañeza que siempre le produce la vida. Una huida, o quizá un seguimiento, más bien un rastreo en clave poética. «¿Será posible que termine aquí esta extraviada persecución? —escribe André Breton— persecución en busca de qué, no lo sé, pero persecución, para utilizar de este modo los artificios de la seducción mental» (Nadja, traducción de José Ignacio Velázquez, Madrid, Cátedra, 2000, p. 189).