El cine y la literatura catalogables en eso que, por útil convención, llamamos género fantástico, han ido configurando una serie de estereotipos de fabulosa eficacia. Respecto al personaje que motiva estas líneas, la condesa Erzsébet Báthory, cabe la tentación de ir un paso más allá y enunciar su mitología, enclavada en el territorio de las mujeres fatales y las vampiresas. En este trance, las hazañas de aquella aristócrata iluminan el lado más diabólico del cliché. Durante muy largo tiempo se la consideró responsable del asesinato de 650 muchachas, y ésa es la razón por la cual figura entre los peores criminales de los siglos xvi y xvii.
Curiosamente, pese a tan siniestra notoriedad, a la hora de narrar la historia de esta dama que se bañaba en la sangre de sus jóvenes víctimas, Valentine Penrose aclara que, actualmente, no se sabría «dónde ir a contemplar el sombrío retrato, de extraviada mirada, de la muy hermosa Erzsébet Báthory. El castillo de Csejthe lleva doscientos años en ruinas, allá en su espolón de los pequeños Cárpatos, en las lindes de Eslovaquia». Dice la escritora que allá «siguen los vampiros y los fantasmas y, también, en un rincón de los sótanos, el puchero de barro que contenía la sangre lista para verterla por los hombros de la Condesa» (La condesa sangrienta, traducción de María Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo, Madrid, Ediciones Siruela, 1987, p. 9).
Podemos preguntarnos las razones por las que el relato de Penrose fascinó tan intensamente a Pizarnik. Como si hubiera hallado en las páginas de su colega una de sus fantasías corporizadas, Alejandra quiso establecer un lazo más durable con la condesa y le dedicó una serie de textos. Tras un primer avance mexicano en 1965, la obra apareció en el primer número de la revista Testigo (Buenos Aires, enero-marzo de 1966). Posteriormente, adquirió forma de libro gracias a la editorial Aquarius (Buenos Aires, 1971). Asimismo, el volumen El deseo de la palabra (Barcelona, Ocnos, 1972) incluyó el mismo asunto bajo el rótulo Acerca de la condesa sangrienta.
En opinión de Alejandra, Valentine Penrose juega de una forma admirable con los valores estéticos de esta narración tenebrosa, e inscribe «el reino subterráneo de Erzébet Báthory en la sala de torturas de su castillo medieval: allí, la siniestra hermosura de las criaturas nocturnas se resume en una silenciosa de palidez legendaria, de ojos dementes, de cabellos del color suntuoso de los cuervos» (Alejandra Pizarnik, Prosa completa, edición a cargo de Ana Becciú, prólogo de Ana Nuño, Barcelona, Editorial Lumen, 2001, p. 282). Los epígrafes que la escritora argentina emplea para organizar la prosa siguen la misma cadencia perversa: «La virgen de hierro», «Muerte por agua», «La jaula mortal»; en definitiva, el ciclo de los tormentos más notorios, descritos en este caso por una observadora discretamente gozosa: «Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes —su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años— y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego». Al final, la sangre «manaba como un géiser y el vestido banco de la dama nocturna se volvía rojo» (Ídem, p. 285).
Nuevos títulos que recrean el proceso: «La fuerza de un nombre», «Un marido guerrero», «El espejo de la melancolía» y, por supuesto, «Magia negra», pues el hechizo oscuro es uno de los rasgos que Pizarnik atribuye a Erzébet. Por añadidura, la máxima obsesión de la condesa habría sido «alejar a cualquier precio la vejez», y esa adhesión suya a los rituales nigrománticos «tenía que dar por resultado la intacta y perpetua conservación de su ‘divino tesoro’. Las hierbas mágicas, los ensalmos, los amuletos, y aun los baños de sangre, poseían, para la condesa, una función medicinal: inmovilizar su belleza para que fuera eternamente comme un rêve de pierre» (Ídem, 2001, p. 291). En consecuencia, la condesa Báthory queda emparentada a los escritos de Sade y a los crímenes de Gilles de Rais, pues «alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible» (Ídem, p. 296).
De las páginas dedicadas por Cristina Piña a este ensayo-poema-novela, cabe extraer un rasgo de afinidad entre Julio Cortázar y Pizarnik, resuelto en la simpatía de ambos por Lautréamont. Los dos compatriotas elaboraron literariamente el mismo personaje histórico, «respectivamente en La condesa sangrienta —texto al cual Alejandra ya estaba dándole vueltas en la cabeza en 1963, según el testimonio de Roberto Juarroz—, y 62, modelo para armar (el interés por el cual surgió de la publicación del bellísimo y espeluznante libro de Valentine Penrose, La comtesse sanglante)». Por la misma senda, ambos confluyeron en la admiración por los poetas malditos, «sobre los que Cortázar dio un mítico curso a fines de la década del cuarenta en la Universidad Nacional de Cuyo». Para Alejandra, esos creadores serían un modelo, tanto poético como vital; «por los surrealistas, los románticos alemanes, René Daumal, Henri Michaux y tantos otros» (Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1991, p. 109). Naturalmente, esa fascinación compartida no sólo conduce a Sade y al antedicho Lautréamont, sino a Georges Bataille y a sus apreciaciones sobre el sexo y la muerte.
Al decir de Piña, en esta obra de Pizarnik se advierte «una apropiación de formas de la imaginación obscena de otro —la condesa Báthory histórica, Valentine Penrose—, articulada sobre la mirada y la representación». De otro lado, esa ecuación entre la sexualidad y la muerte «se da en su forma más extrema de goce perverso, poniéndose el acento a tal punto en la muerte, que el sexo, si bien se mantiene como referente básico, no aparece representado por medio de imágenes» («La palabra obscena», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, p. 38).
A modo de apostilla, podemos rebatir ese perfil de la condesa Báthory histórica que apunta Cristina Piña, pues en buena medida parece que la aristócrata responde a un boceto plenamente literario. Así lo defiende José Luis González, quien recuerda que «al igual que con el caso de Gilles de Rais, ha surgido una corriente revisionista sobre Erzébet Báthory». En opinión del estudioso, dicha corriente «postula que nos encontramos ante una de las mayores mistificaciones de la historia y rebate los cargos imputados a la aristócrata: más de seiscientas muertes llevadas a cabo por ella y por sus secuaces». He aquí un dato que hubiera divertido a Alejandra. En realidad, se trataría de «falsas acusaciones formuladas por la dinastía de los Habsburgo, para quienes la condesa, viuda de un héroe nacional, se había convertido en un objetivo por destruir por tres razones: su vasto feudo y la envidiable riqueza de sus posesiones; la simpatía que le inspiraba su pariente, el príncipe de Transilvania, enemigo de aquéllos; y por último, su calvinismo, opuesto al catolicismo imperante en Viena». A modo de conclusión, González destaca a Pizarnik entre los «diversos autores, con variable intención, han ido engrosando y embelleciendo durante siglos las acusaciones vertidas por los conspiradores, con el resultado de una figura femenina paralela a Vlad Drácula, el Empalador» («Valentine Penrose y la Alimaña de Csejthe», Malpertuis, n.º 3, Madrid, 2004, pp. 9-11).