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Alejandra Pizarnik

Cronología

1956-1972

1956-1972: periodo que se inicia con la publicación de su segundo libro de poemas, La última inocencia, seguido de Las aventuras perdidas. Visita París y Nueva York, donde se relaciona con artistas y escritores como Cortázar y escribe aunque sin ninguna disciplina, ya que rechaza esta opción de vida. Regresa a Buenos Aires. Ocurre su trágica muerte.

1956

En un ligero volumen de veintidós páginas y dieciocho centímetros de envergadura, Pizarnik concentra los textos de La última inocencia (Buenos Aires, Ediciones Poesía, 1956). En ese momento incierto, el destinatario de la dedicatoria, León Ostrov, desempeña una importante labor para el inconsciente de la autora. El asunto no es baladí, porque el inconsciente y su expresión surrealista cobran importancia en el volumen. Con razón destaca César Aira que, ya desde entonces, la solución elegida por Alejandra consistió en «poner el mecanismo al servicio de una visualidad de raíz surrealista (el mecanismo de distorsión lógica volvía vidente o alucinatoria esta imaginería) y al mismo tiempo lo usó para dislocar la posición del sujeto, con lo que le daba una vuelta de tuerca insólita al mito del poeta maldito. El juego de sentido, la flecha de Zenón o la carrera de Aquiles y la Tortuga o los avatares de Alicia, se volvía autobiográfico, sin renunciar a las más
exigentes premisas de brevedad, intensidad y austeridad» (César Aira, op. cit., pp. 26-27).

1958

Con un título alegórico, llega a los lectores la nueva obra de Alejandra, Las aventuras perdidas (Buenos Aires, Altamar, 1958). En este caso, la dedicatoria se dirige a Rubén Vela, quien es compañero suyo dentro del grupo literario Poesía Buenos Aires. Aunque la vinculación de la autora a esta y otras fraternidades poéticas exigiría cierta demora, hemos de conformarnos con recordar acá su amistad con Roberto Yahni y el trato que mantuvo con otras figuras intelectuales, al estilo de Edgardo Cozarinsky y Sylvya Molloy. «Y como último semillero de amigos y lecturas y espacios humanos donde resonar, la vieja Facultad de Viamonte. Ante todo, es preciso decir que, como lo recuerdan quienes allí la conocieron, Alejandra cursó poco y mal y probablemente nunca rindió un examen final» (Cristina Piña, op. cit., p. 86). En todo caso, varios de esos conocidos dedicarían posteriormente escritos a la joven poetisa. Por ejemplo, Molloy es autora de «From Sapho tu Baffo: Diverting the Sexual in Alejandra Pizarnik» (Daniel Balderston y Donna Guy, eds., Sex and Sexuality in Latin America, New York University Press, 1997).

1959

Tiempo atrás, Roberto Juarroz, autor de una reseña sobre La última inocencia en las páginas del diario tucumano La Gaceta, enriquece el círculo de amistades de Alejandra y la presenta al círculo de poetas del Grupo Equis, cuyo trato frecuenta hasta este año. De otro lado, la escritura de la joven poetisa adquiere un nuevo lustre gracias a ciertas lecturas. En particular, se reconoce en El alma romántica y el sueño, de Albert Béguin, y en De Baudelaire al surrealismo, de Marcel Raymond (Cristina Piña, op. cit., pp. 81-82). Raymond es un crítico formidable y ese destello que en él identifica Pizarnik emerge con evidencia en las siguientes líneas de este ensayista: «La poesía profunda es un ser que crece como una planta, habiendo sumergido sus raíces en el yo entero; la fantasía más aérea puede engendrar dichos seres, y algunos florecen en el sueño, pero cierto proceso de maduración, cierta tensión espiritual, voluntaria o no, precede y prepara siempre estos partos. Desearíamos ahora que esas imágenes del mundo caminaran en el interior del espíritu, quisiéramos esperar y acechar el instante de su metamorfosis, el instante en que se convertirán en símbolos (como se depositan finos cristales de escarcha sobre una rama invernal) de modo que encarnen a su vez, sin perder nada de su rareza efímera, un movimiento de lo eterno humano» (De Baudelaire al surrealismo, traducción de Juan José Domenchina, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 214). Por supuesto, cabe conjeturar si Alejandra se reconoció en ese mismo proceso.

Pizarnik usa expresiones de esta naturaleza simbólica y las reduce a la dimensión de un poema breve, en la línea de esas diez poesías que le publica la revista Poesía=Poesía en diciembre de 1959 y que, una vez corregidas, reúne en la parte final de Árbol de Diana, titulada «Otros poemas». El miedo a la muerte, tan abrumador, no es ajeno a este proceso de escritura, y exhibe su importancia al solaparse con «el miedo a la locura , esa otra presencia que constantemente la rondó y que se materializaba sin cesar en los diálogos con Olga [Orozco], sobre todo a partir de 1959» (Cristina Piña, op. cit., p. 84). Por lo que hace a esta interlocutora, conviene hacer una precisión generacional y aun sentimental. Tanto Orozco como Enrique Molina son ubicados por Aira dentro de la órbita surrealista: ambos formaron parte de la llamada Generación del Cuarenta, «ya entonces eran los más admirados, y terminaron haciendo las carreras más estelares (…). Con la primera, Pizarnik tendría una relación que excedió la literatura. Molina por su parte fue un surrealista ortodoxo en toda la línea» (César Aira, op. cit., pp. 21-22).

1960

El viaje, el vagabundeo y, de un modo más extremo, el destierro constituyen un movimiento alternativo de agregación y desagregación, según las necesidades y posibilidades de cada uno. Ahí, en ese trance, es donde queda de manifiesto lo que Claudio Magris escribió hace unos años: «El yo es en realidad una masa, un conglomerado cambiante de elementos cuya continuidad es aproximada y convencional como la de la población de una ciudad, que por comodidad se sigue designando con el mismo nombre sin tener en cuenta los muertos de ayer o los recién nacidos de hoy» («Los electrones enloquecidos: Elias Canetti y su Auto de fe», El anillo de Clarisse. Tradición y nihilismo en la literatura moderna, traducción de Pilar Estelrich, Barcelona, Edicions 62, 1993, p. 298). Esta ley general, según conviene a nuestro relato biográfico, atañe asimismo a Alejandra, quien mueve sus raíces bonaerenses y fija su anclaje en París desde 1960 hasta a 1964.

Durante este periodo cosmopolita, la escritora viene a sumarse al comité de colaboradores extranjeros que convocan los gestores de la revista Les Lettres Nouvelles. El ángulo de perspectiva para analizar este movimiento debe ser literario, y así debe interpretarse su trato con otro ilustre residente, Julio Cortázar. Repitiendo un rumor que pudo originarse en la propia poetisa, Piña nos dice que Alejandra decía que la Maga de Rayuela era ella, «lo cual puede sonar a pretenciosa petulancia de la poeta joven que revelaba o se inventaba un vínculo amoroso con el escritor consagrado». Y no obstante, «¡qué más natural que identificar a la Alejandra que ‘como una golondrina navega los ríos metafísicos’ con la Maga!». Claro que no se trata acá de la Alejandra que físicamente estuvo en París y trató a Cortázar, sino de «esa subjetividad que trazan sus poemas y que ‘está dentro del cuadro’ de la misma manera en que la Maga lo está y, por ello mismo, expresa su misma y extrema vulnerabilidad ante ‘la estupidez del día ahí fuera’» (Cristina Piña, op. cit., pp. 110-111.

Más arriba hemos citado a León Ostrov como psicoanalista de Pizarnik. Si bien no hay constancia literaria de sus sesiones terapéuticas, gracias a Ivonne Bordelois disponemos de unas líneas que la joven escribió por estas fechas a dicho personaje, quien además de poeta era profesor de Psicología Experimental en la Universidad de Buenos Aires. «Mi vida aquí va y viene —le dice—, es la corriente de siempre, esperanza y desesperanza. Ganas de morir y de vivir». El resto permanece en el territorio de la duda: «no sé si volver o quedarme (en mi empleo). Aún no me dijeron que me aceptan definitivamente pero sospecho que así será y después de todo, qué importa volver o no, mejor dicho, importa no volver, importa mi soledad en mi cuartito —que he llegado a querer—, mi libertad de movimiento y esta ausencia de ojos ajenos en mis actos». A no ser por el enamoramiento, «mi vida sería tranquila y posiblemente dichosa, pero esta nueva irrealidad en que me he sumido, este amar absurdo…» (Correspondencia Pizarnik, op. cit., pp. 49-50). Al final, ¿es posible hallar una mejor y más inquietante definición de la extrañeza?

1961

No mucho después de situarse en París, conoce personalmente a Octavio Paz e inicia una fructífera amistad con él. También son significativos para ella las palabras y los afectos de Paul Verdevoye, director del Instituto de América Latina de la Sorbona, Italo Calvino, André Pieyre de Mandiargues y Roger Caillois. No obstante, su actividad no se limita al juego social. De hecho, Alejandra ha de sobreponerse a la inmediatez depresiva y entregarse a una profesión que constituye una buena parte de su identidad: frecuenta las redacciones de las revistas locales, los ciclos de conferencias y las lecturas de poesía en público. Por lo demás, aunque este año concluye Árbol de Diana, el fervor adolescente que conduce sus tristezas y exaltaciones impide que el contento perdure. Vista desde esta perspectiva, la entrada de su diario correspondiente al 18 de marzo de 1961 explica el jaque mate en el cual se figuraba a sí misma: «Más miedo que antes. Antes mi rostro de niña me excusaba. Ahora, de pronto, me tratan como a una adulta. Ya no me excluyen por mi juventud. Ya no soy tan joven. Mi rostro de niña ya no me protege. Voy a fiestas y me sirven la misma porción, el mismo gesto de indiferencia. Lo descubría ayer. Dije chistes obscenos como siempre y dije varias cosas crueles, pero nadie sonrió con ternura, como solía ocurrir cuando asombraba a todos con mi rostro de niña precoz y procaz » (Cristina Piña, op. cit., p. 129).

1962

La rama editorial de la revista Sur publica este año Árbol de Diana.

1963

La miscelánea de sus colaboraciones a lo largo de este años incluye textos tan significativos como «Humor y poesía en un libro de Julio Cortázar», publicado en la caraqueña Revista Nacional de Cultura. Por su ejecución, también corresponden a esta fecha «Se prohíbe mirar el césped», «Buscar», «En honor de una pérdida» y «Las uniones posibles», recopilados luego en El deseo de la palabra (Barcelona, Ocnos, 1973), y en Obras completas. Poesía y prosas (Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1990).

1964

Asumiendo toda suerte de objeciones íntimas, Alejandra acomete la corrección de Los trabajos y las noches con obstinada lucidez, pero sin poner límites a ese proceso de enmienda y repaso.

1965

La principal trama familiar de la escritora oscila entre la ternura y el odio. Pese a ciertos episodios de rechazo, Alejandra depende de sus padres, quienes patrocinan económicamente la eterna adolescencia en la cual progresa. En una medida muy notable, esta forma de relación paternofilial «determinó una imposibilidad radical de crecer afectivamente y lograr, no ya simplemente una identidad sexual definida y estable, sino la realización de alguna forma de amor satisfactorio y pleno o una aceptación pacífica de su propia sexualidad y su cuerpo» (Cristina Piña, pp. 71-72). Por esta y otras razones, los estímulos exteriores inciden de manera equívoca en su vida interior, retorciendo los sueños y aspiraciones hasta hacerlos girar en el silencio. «Si el escribir fuera lo mío no estaría siempre con esta inseguridad de que lo principal de cada uno es indecible —escribe el 25 de julio de 1965—. Ni siquiera separaría lo principal de lo accesorio. Me limitaría a escribir. O, al menos, a investigar por escrito por qué lo principal es indecible. Y en verdad, cuando digo principal me refiero al deseo. Siento deseos y no puedo formularlos. Así los niñitos recién nacidos. Pero ellos lloran» («Diarios 1960-1968», Frank Graziano, introducción y compilación, Alejandra Pizarnik. Semblanza, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 270).

En lo tocante a la producción editorial, éste es un año significativo para Pizarnik, quien ve publicado su libro Los trabajos y las noches (Buenos Aires, Sudamericana, 1965). También la prensa periódica atiende a su labor, y de hecho, «Palabras» aparece en La Gaceta, de Tucumán, el 22 de agosto de 1965, y los «Pequeños poemas en prosa», llegan a los lectores a través de La Nación, el 21 de marzo de ese mismo año.

Por esta época visita con asiduidad una galería de arte naïf: el Taller, inaugurada dos años atrás por Nini Gómez, Nini Rivero y Leonor Vasena. La sala, rica en connotaciones literarias, congrega a personalidades como Alberto Girri, Raúl Vera Ocampo, Enrique Molina, Olga Orozco y Manuel Mujica Lainez.

Detalla las cualidades de esa cofradía Piña, quien asimismo nos habla sobre la exposición conjunta que prepararon Pizarnik y Mujica Lainez en 1965: «Manucho expuso sus famosos laberintos y Alejandra mostró sus dibujos a la Klee que conocían muchos de sus amigos por sus rituales envíos y regalos» (Cristina Piña, p. 160).

1966

Recibe el Primer Premio Municipal de Poesía.

1967

Olga Orozco recibe el aviso de que Alejandra ha quedado huérfana y acompaña a ésta durante el funeral de don Elías. El fallecimiento, ocurrido el 18 de enero de 1967, es causado por un súbito infarto.

En torno a esta época, la revista Sur le sirve a Alejandra para acceder a Silvina Ocampo, cuya figura literaria e íntima serán de especial relevancia para la joven poetisa. «La poesía de Silvina —escribe Silvia Baron Supervielle— ocurre en un parque semiabandonado, abierto al espacio de la llanura; la labran los timbres del agua diferentes y la pronuncian las sombras de las estatuas junto a las fuentes. Transparencia palpable, tibia, sensual, materia de murmullos de un río» (La línea y la sombra, traducción de Eduardo Paz Leston, Valencia, Pre-Textos, 2003, p. 63).

Publica «Diálogos», «Desconfianza» y «Devoción» en Mundo Nuevo; y «La celeste silenciosa al borde del pantano» en La Estafeta Literaria.

1968

Pizarnik prefiere el prestigio del dandismo al discreto programa del escritor metódico. Como prueba de ello, dilapida sin excesivas contemplaciones el dinero de la Beca Guggenheim. Por las mismas fechas, publica Extracción de la piedra de locura (Buenos Aires, Sudamericana, 1968).

1969

Dominada por sucesivas decepciones, viaja desde Nueva York a París y halla esta última ciudad desposeída se su antiguo encanto literario. De igual modo, hace gala de su frialdad política. He aquí un ejemplo: «Cortázar —le escribe a Antonio Beneyto el 12 de septiembre— está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)» (Dos letras, presentación y notas de Carlota Caulfield, Barcelona, March Editor, 2003, p. 28).

Entre julio y agosto completa el texto teatral «Los poseídos entre lilas».

1970

Se aplica a la escritura de La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa (1970-1971). De otro lado, la poesía en prosa le permite exorcizar ciertos fantasmas, agitados tras la muerte de Elías Pizarnik. Ella misma reconoce que las apariencias de su vida son desastrosas. Así se lo comunica a Antonio Beneyto en una carta que le dirige el 17 de junio, donde también reconoce que «nunca estuve mejor, a pesar (o precisamente porque sufro) de mis sufrimientos tan intensos y activos que me impiden hacer el menor gesto. Perdóname, por favor, mi lenguaje abstracto y, por añadidura, poco conciso. Solamente te pido que me esperes y que jamás des en pensar que mis silencios son originarios en una desatención o en un tratamiento frívolo de ese vínculo incomparable que llaman amistad» (Dos letras, op. cit., p. 73).

1971

El proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora temporalmente la situación de Alejandra, quien publica en forma de libro La condesa sangrienta y El infierno musical.

1972

La tendencia hacia la muerte, reiterada en estas páginas como un estribillo que acompaña, velada o explícitamente, a sus versos y piezas en prosa, tiene un colofón que Alejandra sitúa durante la madrugada del 25 de septiembre de 1972. Una sobredosis letal de Seconal sódico es el instrumento elegido para un suicidio que, al decir de algunos, pudo ser accidental. Cristina Piña, detallista en su narración biográfica, describe lo sucedido en el departamento de Montevideo 980, «en ese entretiempo sin tiempo que transcurrió entre que una amiga la llevara, ya sin vida, al Hospital Pirovano y entregara su cuerpo para que se velara, tapado por la estrella de David como prescriben los ritos». Es entonces cuando los amigos desolados «encontraron las muñecas maquilladas y, junto a sus últimos papeles de trabajo dispersos, un texto perturbador: No quiero ir nada más que hasta el fondo» (Cristina Piña, op. cit., pp. 17-18).

El día 26 sus amigos velan a Pizarnik en la nueva sede de la Sociedad Argentina de Escritores, y al día siguiente su cuerpo halla reposo en el cementerio judío de La Tablada. Desconsolada, Ana Becciú escribe a Antonio Beneyto el 29 de septiembre y le explica lo doloroso que le resulta hacerlo. La muerte de Alejandra le ha dejado «vacía, cercada, herida». En medio del dolor, Becciú se resiste a no verla cada día: «Vuelvo a su casa. Trato de encontrarla. Sé que volveré a encontrarla. Sé cuánto la querías, por eso quiero decírtelo yo. Fui la que ha estado a su lado con más fervor en estos últimos meses. Murió en mis brazos. Estaba muy bella. Como ella quería. La llevamos a su jardín un día de sol, con algo de viento y pájaros, mucho canto» (Dos letras, op. cit., p. 117).

No faltan, desde luego, estudiosos que han repasado las ceremonias privadas y públicas de Alejandra a lo largo de este último año de su vida. Por ejemplo, Bernardo Ezequiel Koremblit engloba su carrera literaria a partir de dos vértices. El primero atañe a la escritora cuando tiene veinte años y publica el 23 de diciembre de 1956 los poemas «Descripción» y «Los ojos del aire» en La Gaceta, de Tucumán. Ambos textos son «los primeros que iniciaban su estrecha colaboración con el suplemento literario». Dieciséis años más tarde, remite a la misma cabecera «Texto», su último trabajo, que llega a los lectores el 29 de octubre de 1972, acompañado por el ensayo «Historia de la vida en la muerte y de la muerte en la vida», del poeta Arturo Álvarez Sosa, y por el poema «Memoria de Alejandra», de Raúl Gustavo Aguirre. A la hora de ponderar el valor simbólico de las publicaciones de 1956 y 1972, Koremblit cree que «entre uno y otro trabajo, su vida y su obra son entregas y huidas». De un modo sutil, los poemas juveniles que le publica La Gaceta y la colaboración que ocupa el mismo espacio el año de su fallecimiento «constituyen un segmento cuyos extremos son tan reveladores como la misma línea de toda su poesía» (Todas las que ella era. Ensayo sobre Alejandra Pizarnik, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1991, p. 27).

A la muerte de Alejandra le precede la publicación del libro El deseo de la palabra (1975), una selección de poemas y textos críticos que en Barcelona edita Ocnos. Es en la década de los ochenta que la figura de Alejandra recibe una revisión cada vez más profunda, que repercute en la reedición de textos y el diseño de antologías. Sólo en 1982, preludiando futuros y más cuidados asedios, salen de imprenta Zona prohibida (Veracruz, Ediciones Papel de Envolver, 1982), Poemas (selección e introducción de Alejandro Fontenla, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982) y Textos de Sombra y últimos poemas (ed. de Olga Orozco y Ana Becciú, Buenos Aires, Sudamericana, 1982).

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