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Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik, heredera de un jardín prohibido

Por Cecilia Vicuña

Alejandra Pizarnik «Heredera de todo jardín prohibido», dice:

El deseo de la palabra es el jardín que ella ara y cultiva.
¿Los jardines se aran? no, solo en el sentido de un ara.
El templo es el deseo, su prohibición, el jardín.

Re-encontrarse con Alejandra después de una vida es volver a verla en su «no ser de sí ser de no ser». Pero no era así como la veía treinta años atrás, cuando la leía aún en vida, ¿de ella o mía? Entonces, era su precisión lo que me atraía, el contraste entre su cincelazo y el resto de la poesía de los sesenta. Su voz, llegaba como una fría y excelsa melodía, el modo de ser de un pensar que no era ni hombre ni mujer: un guijarro que cae en el agua, olas concéntricas, perfecta geometría. No menos caliente, por fría, no menos enloquecida, por contenida.

Pero quisiera volver atrás, a la niña que leía en Santiago a la Alejandra trasandina. ¿Por qué digo «niña»? En 1966 yo tenía dieciocho años y ella treinta, pero las dos éramos reducidas a «niñas». Quizás por eso hicimos de nuestra «niñería» una transformación.

¿Qué pensamientos habitaban las páginas que ella había dejado vacías, con una abundancia estrepitosa de vacío, como un lugar para las transformaciones? Entrar en ese lugar, en el vacío que un poeta crea para otro, es entrar en la potencia que nace del choque, entre la oposición y la afinidad. Ahí se desbocan las fuentes y generan las diferencias, las formas que harán a cada uno ser lo que es y no algo prestado.

Hay un aspecto de su obra/vida que aún me intriga, buscó o no el balance y la fusión del arte/vida, al modo de los artistas de los sesenta ¿o sólo buscó vivir en la poesía? En «El deseo de la palabra» dice: «Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir».

Posibilidad no realizada ¿o logro al revés? Quizás ahí está la clave de su autoinmolación, o bien el poema le ha dado vida a ella, la sacrificada en la ceremonia del escribir.

En su palacio del vocabulario, su conciencia de sí misma brilla como una guía, en la que atisba a una puerta aún por abrir: «El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra».

En un momento, escribí pensando en ella, «de inmediato se sentía que no nos pertenecía a nosotros, si no a la eternidad, que también es un nosotros».

¿Qué abrió con ese silencio y esa fastuosa austeridad, si no un modo de ser propio y rural? «Ya no soy más que un adentro», dice, llegando a un lugar donde abundan los muertos vivos por el habla, lugar donde vamos a buscar nuestra propia resurrección.

Ya sé que César Aira dice de ella que es «una poeta en la que culminó una tradición», pero yo veo que la tradición continúa y es fecunda siempre, en cuanto a ese espacio vacío, donde abundarán las nuevas palabras, el germen de un diálogo donde no hay ni muertos ni vivos, sino solo hablar.

Alejandra logró transformarse en una pregunta viva y esa es la base de la continuidad.

Nueva York, mayo de 2003

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