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Alejandra Pizarnik

Visiones y silencios de la dama entre ruinas

Por Patricia Venti

E. Levinas ha delimitado los dos movimientos que concluyen en la desaparición del «otro», es decir, los dos puntos de encuentro con la unidad: el conocimiento —en el que el objeto es absorbido por el sujeto y la dualidad desaparece— y el éxtasis —en el que el sujeto se absorbe en el objeto y se confunde con su unidad—.1 En el texto pizarnikiano la muda fisura de ese «yo» horadado por el «otro» mana un texto de alteridad que desautoriza a cualquier «yo» que pretenda apropiárselo como sujeto del discurso. Hay un conflicto irremediable entre la atracción del silencio como última expresión de la muerte y la pulsión que ella misma expresa. En la Condesa sangrienta, los cuerpos torturado son objetos sexuales carentes de individualidad, anónimos. Entre Báthory y sus doncellas vírgenes solo existe un espacio posible: el silencio. Dicho silencio se alimenta de la impotencia para comunicarse. El lenguaje es un refugio para la debilidad. Si la poesía de Pizarnik expresa el deseo de abandonar las palabras por acciones, la condesa lo aplica. Para ella, el conflicto entre lenguaje y silencio está resuelto, ya que se comunica a través de una «sustancia silenciosa» formada de gritos, jadeos e imprecaciones. Bachelard al referirse al grito lo hace como antítesis del lenguaje: «El grito solo es un accidente, un tropiezo, un arcaísmo (…) está en la garganta antes de estar en el oído. No imita nada».2 La palabra no informa, evoca la escritura del cuerpo, una especie de desafío de la palabra, una palabra que se asimila a la locura, a los ángeles o a los fríos espejos. Las doncellas buscan en Báthory una respuesta y al faltar esta, el deseo se deshumaniza. Frente a la perfección del lenguaje hay un cuerpo del éxtasis, un cuerpo traslúcido y fuertemente sensual que ya no tiene sexo. Tal escritura es producida con una reticencia extrema, entregada al borrado de sus signos. Se quiere a sí misma paradójica, trazada por una mano que no escribe sino reteniendo su paso.

Desde la perspectiva psicoanalítica también en el silencio se anudan el amor místico, la sexualidad y la muerte. Guy Rosolato sostiene que el núcleo del amor místico es la imbricación de la sexualidad y de la muerte. Y ello porque tomar en consideración el más lejano alcance del deseo —hecho cuya representación más radical y cuyo apogeo se encuentran aquí— desplaza a todos los objetos en favor de aquel que está dotado de todas las perfecciones, que es pensado y al tiempo inefable, o que, simplemente, se transforma en un vacío, en un absoluto desconocido. Erzébet Báthory se debate con la inanidad del mundo externo, con su propia locura y con su compulsión erótica y tanática. Pizarnik arma su escritura y la goza como un «éxtasis maldito» o como una crisis erótica donde la letra se hace silencio (les cosían la boca) o aullido (escapaban de sus labios palabras procaces… imprecaciones soeces y gritos de loba). ¿Acaso coser (que siempre es remendar, fabricar, reparar) equivale a mutilar, amputar, cortar, crear un lugar vacío? Probablemente sí, porque donde está eso hay que quitar eso; donde no está eso, para castigar el placer que está triunfalmente unido a esta carencia, sólo queda castigar este vacío, negar este vacío no llenándolo, sino cerrándolo, cosiéndolo. La traducción del dolor en poder es la oposición entre cuerpo y voz.

El mutismo puede ser un procedimiento de anulación eficaz y sobre todo, deja huellas. La distancia entre torturador y torturado es exagerada y las formas de poder se incrementan por su control no solo sobre el cuerpo sino también sobre la voz de la víctima. La condena no solo tiene o ejerce control sobre su propia voz, sino que también controla el tormento de sus víctimas. La costura hace retroceder el cuerpo a los límites del no sexo. Coser es rehacer un mundo sin costuras, remitir el cuerpo divinamente fragmentado —cuya fragmentación es fuente de todo el placer pizarnikiano— a la abyección del cuerpo liso, del cuerpo total. Las letras conforman el tapiz (tapizadas con cuchillos) del texto: la violencia comunica que el lenguaje, encerrado en el sistema, «enjaulado» en la norma, debe volverse agresión para decir. Ese tapiz se teje, precisamente, con las jóvenes costureras, sacrificadas en cada búsqueda: la escritura.

  • (1) Levinas, Emmanuel (1989) Le temps et l'autre, versión en castellano El tiempo y el otro, Barcelona, Paidós, 1993. p. 19. volver
  • (2) Bachelard, Gaston (1985) Lautréamont, México, Fondo de Cultura Económica, p. 16. volver
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