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Sergio Pitol

Sergio Pitol: contra la indiferencia

Por Félix Romeo

«Tenía 22 años cuando conocí a Sergio Pitol, y pensé que era el tipo de escritor que me gustaría ser: apasionado de la vida y de los libros»

A los 4 o 5 años, Sergio Pitol (Puebla, México, 1933) contrajo una malaria consuntiva. La enfermedad la recuerda como una suerte, porque le permitió educarse en su propia casa. Aprendió a leer muy pronto, y eso le salvó la vida y le permitió ser muy feliz durante el encierro. Todos los libros que tenía su abuela, lectora a tiempo completo, estaban a su disposición, sin restricciones morales.

A los 12 años, leyó Guerra y paz. Muchos años después, siendo agregado cultural en Moscú, la volvió a leer, conoció los lugares de la novela y se quedó atónito de su hazaña infantil. ¿Se saltaba acaso las disquisiciones filosóficas y las digresiones sobre estrategia militar? ¿Quizá imaginaba cosas diferentes? Lo cierto es que sentía un profundo placer. La temporada en que se entregó al libro de Tolstoi la recuerda como clavada en el vicio: lo único que deseaba era leer.

De Tolstoi surgió su acercamiento a la literatura rusa, donde se sentiría desde entonces como en su tierra: Gogol y Chéjov son sus dos ángeles tutelares.

Tenía 22 años cuando conocí a Sergio Pitol, y pensé que era el tipo de escritor que me gustaría ser: apasionado de la vida y de los libros.

Llegaba de un viaje. Tenía las líneas del rostro muy marcadas. Sonreía a menudo. No recuerdo si fumaba, aunque en las fotografías de sus libros de entonces se le ve con un cigarrillo. En la fotografía de solapa de Domar a la divina garza da una profunda calada a un cigarrillo que sujeta con dos dedos. En la de Vals de Mefisto sujeta un cigarrillo con dos dedos y también tiene en la mano unas gafas y en la otra mano un bolígrafo.

Sí recuerdo que hablamos de Carver, de Gombrowicz, de Praga, de Hemingway, a propósito de la placa que le recordaba en el Hotel Suecia, donde él estaba hospedado. Había decidido regresar definitivamente a México, después de años de tareas editoriales y posteriormente diplomáticas, y escribir. Tenía 57 años y, aunque yo no lo supiera, comenzaba realmente su escritura.

«El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena son sus mejores libros. Libros mestizos. Libros de autor. Libros, como él, apasionados. Libros llenos de vida y llenos de literatura»

Cumplidos los sesenta ha escrito sus libros más interesantes, sin género: no son recopilaciones de cuentos, no son novelas, no son ensayos, no son diarios ni libros de memorias, no son crónicas de viaje. Aunque de todos esos géneros toman elementos. Son libros de alguien que conoce a fondo la forma, pero ha decidido olvidarse de ella.

El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena son sus mejores libros. Libros mestizos. Libros de autor. Libros, como él, apasionados. Libros llenos de vida y llenos de literatura. Libros que sólo podría haber escrito Sergio Pitol.

Confluye así con muchos de los escritores que ha traducido, autores de libros únicos: Gombrowicz, Ivy Compton-Burnett, Ronald Firbank, Nabokov, Henry James, Jerzy Andrzejewski, J. R. Ackerley, Kazimierz Brandys, Conrad, Boris Pilniak… Escritores que sólo se parecen a ellos mismos. Y con vidas extraterritoriales.

El mago de Viena, que es voluntariamente su libro más mestizo, porque renuncia a la estructura en capítulos que usaba El arte de la fuga y también a la secuencia cronológica de El viaje, comienza con una reflexión sobre su propia preparación a la verdadera escritura, en libertad: Infierno de todos «me permitió abordar la literatura con mayor lealtad hacia lo real»; «al escribir El tañido de una flauta decidí que el instinto debía imponerse sobre cualquier otra mediación»; El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal son «una trilogía novelística más próxima al carnaval que a cualquier otro rito».

Y si de todos los géneros literarios se nutre El mago de Viena, tampoco renuncia a hacerlo de la filosofía. Sutil, pero contundentemente, Sergio Pitol establece allí su propia forma de entender el mundo, en la que el pensamiento de Isaiah Berlin ha sido muy importante, porque «resulta difícil imaginar una mente menos aldeana que la suya» y porque es completamente opuesto a «la mente totalitaria» que «no acepta lo diverso, es por esencia monológica, admite una sola voz, la que emite el amo y servilmente repiten sus vasallos».

Una frase de Chéjov, en una carta de ruptura con su editor y amigo Suvorin, no se le ha olvidado nunca: «La indiferencia equivale a una parálisis del alma, a una muerte prematura».

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