Por Arturo García Ramos
«Sobre vida e imaginación gira el compás de su escritura, en un radio que abarca el viaje, la lectura, el amor… y todo lo humano, porque nada le es ajeno»
Leemos a Sergio Pitol que «los sueños felices suelen ser escasos y difícilmente recordables. Despertamos de ellos con la sonrisa en los labios; durante un instante, paladeamos el mínimo fragmento que retiene la memoria» antes, diríamos, de su desvanecimiento. Con absoluto estremecimiento podemos identificar en la obra de este mexicano vida y sueño. Si sólo es la vida lo que revive la memoria, viene a decir, sólo es sueño el que recordamos y uno y otra viven en las proximidades del milagro de ser, de la apariencia, el engaño y la evanescencia.
Por eso es tan importante en su escritura la ficción, lo imaginado, la fantasía. La vida tiene su sombra en el sueño. Inexplicable, impredecible, inaprensible, son términos que corresponden a esas dos dimensiones con igual esencialidad. La escritura de Sergio Pitol obra el milagro de la fijeza, da realidad y permanencia a la fugacidad de cuanto experimentamos. Sobre vida e imaginación gira el compás de su escritura, en un radio que abarca el viaje, la lectura, el amor… y todo lo humano, porque nada le es ajeno. Esta «trilogía de la memoria», que recoge las andanzas del escritor por Praga, Varsovia, Barcelona, incorpora también el juicio crítico sobre las novelas o las melodías que han marcado su vida, que ha incorporado a su vida dotándolas de la misma realidad que un amanecer o el dibujo cartográfico de las ciudades en que ha vivido.
La lectura de Pitol suscita la envidia más innoble en el lector al descubrirnos la intensa lucidez que extrae de una anécdota apenas trivial, o la absoluta absorción que concede a la escritura y esa otra forma de creación que es para él la lectura. Esa envidia, que procede de la admiración, responde menos al arte —Pitol escamotea siempre la artificiosidad retórica y pretende un texto liberado y espontáneo— que a la capacidad de vivir y de enriquecernos a través de la experiencia. Cuando leemos a Pitol, la pregunta asombrosa que nos hacemos es: ¿De modo que es posible vivir así? Porque comprendemos que lo que hemos vivido hasta entonces es una experiencia muy pobre si la comparamos con la suya. En Funes el memorioso, Borges relata que normalmente podemos percibir de un golpe un árbol, pero Funes percibe distintamente y del mismo modo, cada rama del árbol, cada hoja y cada nervadura. La distancia entre nuestra experiencia y la que intuimos en El arte de la fuga es así de inmensa.
Pero, ¿cuáles son las reglas de ese vivir denso y dilatado? Pitol es un escritor de la memoria. Su obra es rememoración y repaso, restauración y reflexión de lo vivido. Este es ya un primer paso; él vive dos veces y detiene el tiempo en la escritura para regresar al pasado y evaluarlo. Pero hay además en él otra intuición; la de que no se vive verdaderamente sino con la memoria, porque sólo lo recordado puede ser considerado como vivido.
Es tal vez por eso que su escritura avanza con morosidad sobre las anécdotas del pasado que selecciona, en las que encuentra la justificación de lo que ha vivido y de lo que vendrá. Es también la causa de que sus novelas desprecien el tiempo cronológico y describan perpetuas digresiones sobre algunos motivos que le obsesionan: el viaje, las lecturas, el acto de escribir. Tres milagros, tres intensas pasiones que sitúan la experiencia al borde del éxtasis si no en el éxtasis mismo.
Puede sospecharse que Pitol es el gran maestro de la última renovación de la novela en lengua española, un género que practica en los límites de lo permisible, transgrediendo su propia condición canónica. Amalgama e hibridación, fuga, caracterizan el territorio narrativo en el que este mexicano funda su concepto de la ficción, consecuencia de una impredecible libertad creadora, que es la piedra angular de su idea de la novela. Nosotros de un plumazo percibimos un triángulo, Funes, las crines de un caballo y cada hebra de pelo arremolinada o lánguida. La escritura de Pitol practica la asociación, la mezcla, el remolino de ideas que sugieren las innumerables asociaciones multiplicadas. Con explícita rotundidad se ha decantado por una escritura que se sacuda de todas las estrecheces: abolir la nacionalización, las normas, la retórica. Consecuentemente su obra teje una red de referencias en que lo autobiográfico es sólo una excusa, un punto inicial al que se anudan inagotables reflexiones o lecturas. Trilogía de la memoria compendia su obra imprescindible: El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena. El primero de los títulos acuña como una máxima la fórmula que resume su estética: la fuga es una evocación divagatoria, la imantación de elementos que le sirven para producir un discurso que es como un tornado expresivo y dinámico, pero que cumple la tarea imposible de perpetuar lo perecedero, de fijar el instante, de acuñar el movimiento.
Hay una realidad que presentimos otra, fruto de los vasos comunicantes entre el mundo interior y el exterior, entre la vigilia y el sueño, entre lo vivido y lo escrito o lo leído; encarnar los vasos comunicantes entre ambos, descubrir los puentes que nos permiten transitarlos es el mérito de este escritor mexicano.