Por Rodrigo Fresán
«Y el pequeño Pitol tiene que quedarse en cama por mucho tiempo, leyendo. Y entonces, sí, el pequeño Pitol crece. Y, desde entonces, ningún autor u obra le es ajena porque “un novelista es alguien que oye voces a través de las voces”»
Escribir sobre Sergio Pitol como escribe Sergio Pitol sobre todas las otras cosas del mundo que no son Sergio Pitol pero que, de algún modo, lo contienen.
Esa es la idea y el desafío.
Escribir sobre Sergio Pitol Demeneghi (nacido el 18 de marzo en Puebla, México, 1933) con los mismos modales con que él mismo abre, por ejemplo, un libro como El viaje (2000), preguntándose: «Y un día me hice la pregunta: ¿por qué has omitido a Praga en tus escritos?», para enseguida responderse, y respondernos, escribiendo sobre Praga.
Escribir sobre Pitol y su compulsión nómada (que es la misma compulsión nómada de Lawrence Sterne, de Julio Cortázar, de W. G. Sebald, de Roberto Bolaño, de Claudio Magris, de Enrique Vila-Matas y de Juan Villoro entre otros expertos practicantes del arte de escribir viajando) y, en lo personal, de la primera vez que me alcanzó o yo alcancé al nombre de Sergio Pitol.
Ahí estaba.
En la carátula interna de Los papeles de Aspern de Henry James.
Pitol traducía esa historia de escritores (James es uno de los más grandes imaginadores de escritores imaginarios) que no es otra cosa que una perfecta y cruel investigación sobre las relaciones peligrosas entre lector y autor, entre biógrafo y biografiado.
La traducción de Pitol era —como todas las suyas, de tantos idiomas y autores— excelente pero, aquí y ahora, me divierte y me interesa subrayar este rasgo jamesiano de Pitol donde el experimento y la trama se vuelven todavía más interesantes. Porque todo libro de Pitol es finalmente una investigación sobre ese mexicano errante con credenciales diplomáticas llamado Pitol.
Así, en una hipotética nouvelle titulada Los papeles de Pitol, el anónimo narrador y la esquiva memoria del Pitol cuyos papeles se persiguen serían la misma cosa: algo que empieza y termina en sí mismo para continuarse en otros libros —que pueden responder a distintos nombres como El tañido de una flauta (1973), Nocturno de Bujara (1981), El desfile del amor (1985), Vals de Mefisto (1989), El arte de la fuga (1996) o El mago de Viena (2005)— pero que en realidad son capítulos sueltos pero prisioneros de una misma novela vital todavía en tránsito, in progress. Escalas en un largo viaje que comenzó cuando era pequeño y huérfano (madre ahogada, padre sucumbiendo a la meningitis, hermana muerta «de desesperación») y así, en la casa de su abuela, de pronto es la sombra caliente de la malaria. Y el pequeño Pitol tiene que quedarse en cama por mucho tiempo, leyendo. Y entonces, sí, el pequeño Pitol crece. Y, desde entonces, ningún autor u obra le es ajena porque «un novelista es alguien que oye voces a través de las voces». Y en los libros de Pitol las oímos a todas potenciadas por la voz de su propia lectura y por una felicidad que es la misma que a alguien —en El desfile del amor— le hace exclamar un «voy a mostrarles mi obra en medio de un estruendo de carcajadas».
«Porque todo libro de Pitol es finalmente una investigación sobre ese mexicano errante con credenciales diplomáticas llamado Pitol»
Así, siempre se lee a Pitol con una admirada sonrisa mientras nos lleva de aquí para allá, por Barcelona, Varsovia, Moscú, Pekín o Barcelona… Las ciudades ordenándose como libros en una biblioteca muy personal pero, también, tan generosa y que, en una entrevista con Armando G. Tejeda, le ha hecho confesar sin esfuerzo ni resistencia: «Hay libros y cuentos que en el momento de escribirlos me han producido una felicidad enorme. Es el momento de la escritura, cuando llega el tema y los detalles y ves que la literatura lo capta bien. Lo que hago en mi vida es escribir, igual que un buen carpintero pule la madera para hacer bien el mueble… Escribo sobre una serie de escritores, que son como una liga de mi obra completa. No escribo sobre ellos desde una forma académica, sino desde mi relación más íntima con los que más me han gustado. Yo, por ejemplo, no podría escribir sobre un libro que no me gustara o que me aburriese, siempre he escrito sobre lo que me ha gustado. Entonces cada libro es más una crónica de felicidad, de la felicidad vital que da la buena lectura, los amigos, los amores, los viajes y los momentos de vida que son privilegiados».
En lo que a privilegios hace —y ya casi de salida— me permito aquí un, otro, último apunte muy personal. Tengo como orgullo y privilegio el que mi vida se haya cruzado, al menos por un día, con la obra de Pitol: fui miembro del jurado que le otorgó el Premio Cervantes una luminosa mañana de diciembre. Reclamo para la maleta de mi existencia el privilegio de esa pegatina madrileña. Recuerdo que salí de allí muy contento y que entré en internet (ese aleph inequívocamente pitoliano) para ver qué se decía allí sobre el flamante ganador. Todos los comentarios eran unánimes en su alegría y, por ahí, flotando en el ámbar de la electricidad, reparé en una frase de Pitol: «La inspiración es el fruto más delicado de la memoria». De ser esto cierto —y creo que sí lo es— entonces Pitol es uno de los frutos más delicados de la inspiración.
Y pocas cosas más inspiradoras que leer o escribir sobre Pitol.
Termino estas breves líneas sobre un escritor inmenso, que nunca se queda quieto, que siempre está en tránsito, que ahora lo ves y ahora no lo ves y, como por arte de magia fugitiva, se me ocurre que todos los pasaportes sueñan, cuando sean grandes, con ser el pasaporte de Sergio Pitol.
Buena suerte a todos ellos.