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Sergio Pitol

Sergio Pitol, un caballero de la literatura

Por Manuel Borrás

«Sergio Pitol, además de un insigne autor, ha sido un muy destacado traductor. […] Ha asumido mejor que nadie que la riqueza de una lengua se halla en relación directa con su vecindad con las demás, y se realiza fundamentalmente mediante la traducción»

Si hay un caballero sobrevivido de la literatura, ése es Sergio Pitol. Me encontré por primera vez al escritor mexicano en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde César Antonio Molina me lo presentó a finales de los noventa. Creo que nuestras afinidades electivas propiciaron desde el principio una simpatía recíproca; tanto él como yo amamos la literatura centroeuropea y ése fue, cómo evitarlo, nuestro primer tema de conversación. Al instante ambos estábamos hablando de nuestros respectivos últimos hallazgos lectores e intercambiando información. Él contaba con una ventaja respecto a mí. Mientras que de las lenguas centroeuropeas yo sólo leía en alemán, él lo hacía también en polaco, ruso y no recuerdo ahora qué idioma eslavo más. Su vastísima cultura me dejó deslumbrado. Y como persona sabia que es, nunca hizo ostentación de nada.

Tras ese primer encuentro madrileño se sucedieron otros muchos, menos de los que uno hubiese deseado, en muy distintos lugares: Bogotá, Cartagena de Indias, México D. F., Guadalajara… En esta última ciudad, ante Darío Jaramillo y Adolfo Castañón, me confesó en una cena su deseo de editar en Pre-Textos. Es más, profetizó que contar con un libro en nuestro catálogo le traería suerte. Mi júbilo ante su oferta no se hizo esperar, pero tras mi reacción tan súbita como sincera, le confesé que si no se lo había sugerido antes era por respeto a su editor español, Jorge Herralde. Sergio me vaticinó que mi colega español accedería con gusto a ello en cuanto se enterara de que yo sería el editor del libro que en aquel momento aún estaba escribiendo. Así sucedió, lo que contradecía el celo que se le atribuye a mi amigo, director de la editorial Anagrama. Pocos años después, me convertí gustosamente en el editor de El mago de Viena. A los meses de la aparición en las librerías de esa obra, se distinguió a nuestro autor con el Premio Cervantes.

Se dice que vida y obra son una misma cosa y estoy bastante de acuerdo con dicho enunciado. En la medida en que la vida se refleja en la obra, ésta adquiere la veracidad necesaria para que haya una transmisión universal de las experiencias personales de que debe ser portadora. Y cuando escribo «experiencias personales» me refiero tanto a las verdaderamente acontecidas cuanto a las imaginadas, pues es claro que la verdad tiene que ver poco con la literatura, aunque ésta, como es el caso de nuestro prosista, nunca mienta. No amo un libro por sí mismo; necesito de una manera u otra asociarlo a la vida: viajes, placeres y la actividad del cuerpo. De ahí que siempre me haya sentido complacido con la literatura de este caballero de las letras.

Sergio Pitol, además de un insigne autor, ha sido un muy destacado traductor. El carácter ecuménico que anima a todo aquel que generosamente se adentra en una lengua ajena a la materna, le compele a saber que su labor sobrevive gracias justo a la confusión de las lenguas. Pitol ha sido un verdadero «mago» a ese respecto. Ha asumido mejor que nadie que la riqueza de una lengua se halla en relación directa con su vecindad con las demás, y se realiza fundamentalmente mediante la traducción. Y a partir de ese principio, nuestro autor ha dado lo mejor de sí entregándonos traducciones, que no simples versiones, de Witold Gombrowicz, Ronald Firbank, Robert Graves, Luigi Malerba, Kazimierz Brandys, Chéjov, Andrzejewski, entre otros. Traducciones todas ellas en que vemos cómo la sintaxis extranjera se cuela de forma inadvertida en nosotros, de modo que, como señala Juan Arnau, podemos vernos impelidos a reordenar eso que parece fuera de lugar, o simplemente asimilarlo. Del encuentro entre dos lenguas surge la traducción. Schleiermacher lo expresó del siguiente modo: «O bien el traductor deja al escritor lo más tranquilo posible y hace que el lector vaya a su encuentro, o bien deja lo más tranquilo al lector y hace que vaya a su encuentro el escritor». Algo que Sergio Pitol no ha desestimado en su vasta e impagable labor de divulgación de aquello que ha considerado lo más excelente de la literatura de las lenguas que dominaba.

«Es curioso que este políglota exquisito que ha pactado un voto de silencio con el mundo todavía mantenga su sonrisa pronta para quien se le dirija y una palabra amable para cada uno de los muchos que tenemos y hemos tenido el raro privilegio de contar con su amistad»

Quien quiera atesorar datos biográficos de nuestro personaje, solamente tiene que asomarse a sus libros, y en concreto a El arte de la fuga y El mago de Viena. Sólo quien se adentre en su obra sabrá del tamaño humano e intelectual de Sergio Pitol.

Es curioso que este políglota exquisito que ha pactado un voto de silencio con el mundo todavía mantenga su sonrisa pronta para quien se le dirija y una palabra amable para cada uno de los muchos que tenemos y hemos tenido el raro privilegio de contar con su amistad. Esa amistad que ha sabido prolongar de modo ejemplar en la literatura, y que le ha hecho concluir en que nunca se relee un libro, sino que siempre se lee de nuevo. Pues de todos debería ser sabido que una literatura difiere de otra menos por sus textos que por la manera y el cuándo en que son leídos.

Si hay algo que caracteriza a un caballero es la generosidad; la evidencia de la de Sergio Pitol se plasmó, entre otras cosas, en la suspensión del tiempo dedicado a su propia obra para dárselo a la de los otros, a la de quienes amaba. A nosotros sólo nos queda agradecérselo y quererlo.

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