El más auténtico balance de la herencia cultural catalana —sus momentos y sus dones— resurge en la nostalgia del poeta. En este campo, el orgullo más elevado conoce también la ternura. Esta posibilidad le resulta a Perucho no ya inteligente sino perentoria. Evitando la tendencia unívoca o el fetichismo nacionalista, nuestro escritor sabe exponer la contradicción y hace justicia a las redundancias que unen a los vecinos en recíproca costumbre. Para don Juan, el desordenado sentimiento que engloba lo catalán adquiere razón de ser en una sugestión cultural de la que él mismo siente la llamada: un relato inconcluso, turbado por la historia, colmable a placer, fijado en un horizonte de plenitud comunitaria. Esto es: Cataluña entendida como juego combinatorio, sin un centro que la unifique, grandiosa y a la par compacta; un subsuelo en el cual merece la pena arraigar, y donde el latido monótono se alterna con la genialidad o la ofuscación.
En sus ediciones catalana (Edicions 62, 1985) y castellana (Ediciones Destino, 1987), Teoría de Cataluña evoca la originalidad de esta tierra en cada una de sus expresiones. Paseando por sus páginas, hallará el lector «una imagen de Cataluña incorporada a las grandes corrientes de la historia peninsular». La cita literaria absorbe aquí la vida popular, modera las hiperbólicas pasiones y convierte cada anécdota en una huella dejada sobre la arena del pasado. Contemplado desde una biblioteca bien aireada, este panorama catalán admite graduaciones de gozoso análisis: la historia y la geografía, la agricultura y fauna (real o imaginaria), las figuras míticas y los santos, la gastronomía y la magia. El catálogo, sin clausuras, es un continuo devenir que se mueve a golpes de inteligencia.
Defensor de la ilustración, Perucho desliza, por medio de un personaje, una cautela oportuna: «Las minorías tienden a los nacionalismos y los nacionalismos fatalmente tienden al independentismo más intransigente». A un mismo tiempo, también repite los mayores argumentos que se pueden citar a favor de la catalanidad. Al cabo, el suyo es un patriotismo intachable, sobrio, ceñido a los detalles que hacen grande a esta comunidad. Para empezar: su vieja e ilustre cultura y algunas de sus tradiciones más generosas.
En el terreno histórico, el autor incide en el pernicioso efecto de la guerra de Sucesión, y denuncia la abolición de los fueros de Cataluña por parte de Felipe V: «Como es sabido, Cataluña, con Barcelona al frente, se opuso al Borbón y la ciudad fue sometida a un terrible asedio, promulgándose entonces el luctuoso Decret de Nova Planta, que acabó con las libertades del país». Pero que nadie busque en este volumen un memorial de agravios, ni aun en lo que concierne a las relaciones entre el catalán y los restantes pueblos españoles. Un ejemplo: al repasar la invasión de los franceses, Perucho subraya que «Cataluña participó en la lucha comunitaria contra el invasor de España con actos heroicos, patrióticos y legendarios (.) y proporcionó la mítica figura de Agustina de Aragón, hija de un pueblecito de Lérida». Difícilmente se hallará un recordatorio histórico más explícito y oportuno a la hora de calibrar, desde una doble vía de afectos, esa problemática magnitud que es el sentimiento nacional, y que Perucho resolvió con esta frase: «Soy español porque soy catalán. Y cada uno ha de ser lo que es».