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Juan Perucho

Pamela

Hasta que Perucho publicó su novela (1983), los lectores cultos conocían a la inefable Pamela Andrews a través de la novela homónima, Pamela (1740), escrita por el británico Samuel Richardson (1689-1761). Como demuestran los viejos catálogos, esta secuela que el catalán dio a la imprenta no fue, ni mucho menos, la única. Desde que la novela de Richardson se constituyó en éxito inapelable, dos corrientes de seguidores —los llamados, bajo divisa partidaria, Pamelists y Antipamelists— exigieron comentarios, parodias y continuaciones apócrifas. Seis ediciones de la pieza se agotaron en poco más de un año. Al poco, Henry Fielding, un genial desvergonzado, le dio una vuelta de tuerca al mismo asunto en las divertidísimas Apology of the Life of Mrs Shamela (sic) Andrews (1741) y Joseph Andrews(1741). Con más recato, Josiah Relph ideó una lírica glosa en Wrote after Reading Pamela (1747), y George Bennet versificó el argumento en su Pamela Versified (1741). También aparecieron secuelas anónimas, como Pamela the Second (1742), Pamela: or The Fair Impost(or (1743) y Memoirs of the Life of Lady H.(1741). En los teatros, el público disfrutó de versiones como Pamela. A Comedy (1741), de Henry Giffard, Pamela or Virtue Triumphant (1741), de James Dance, Pamela or Virtue Rewarded. An Opera (1742), de Joseph Dorman; la anónima y tirando a jocosa Mock-Pamela (1750), y la mejor de todas ellas, Pamela (1750), del gran Carlo Goldoni. Incluso el mundo artístico recibió con gozo los grabados que, a título ilustrativo, dedicaron al personaje John Carwitham, Hubert Gravelot, Frances Hayman, Joseph Highmore y Robert Feke. Al final, el triunfo de variaciones tan ingeniosas como las propuestas por Eliza Haywood (Anti-Pamela or Feign'd Innocence Detected) y John Kelly (Pamela's Conduct in High Life) propició el retorno de Richardson a escena, en una coyuntura muy similar a la que, entre nosotros, motivaron el Quijote de Avellaneda o los Lazarillos apócrifos.

La Pamela original es una novela epistolar. Su protagonista es una joven provinciana cuya moral queda puesta a prueba en situaciones que, por su realismo, preludian lo que ha de ser la novela inglesa del xix. A decir verdad, Perucho se toma ciertas libertades con esa figura: «Los aficionados a la literatura —escribe— saben que Pamela Andrews, la inocente quinceañera que Samuel Richardson biografiara hacia 1740, se convirtió impensadamente al satanismo en una logia de Londres». Tras un amor escandaloso con el conde de Cagliostro, Pamela obtiene de éste el elixir de la eterna juventud. No mucho después, corrompe al adolescente marqués de Sade y desaparece en una neblina de libertinaje. El olvido la protege, al menos hasta que el polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo descubre su epistolario en la casa madrileña de la marquesa de Valldaura.

En esta segunda edición de su vida, descubrimos que Pamela actúa en España como agente secreto a sueldo del destinatario de sus cartas, Lord Holland. Con las Cortes de Cádiz en perspectiva, la dama defiende la causa liberal, pero sus intrigas contra el absolutismo acarrean otro tipo de aventuras, disimuladas por pistas falsas y, lo que es mejor, enriquecidas por un buen puñado de personajes decimonónicos que Perucho maneja con la habilidad de un titiritero.

Festiva, dinámica y culturalista, la novela se legitima en su práctica folletinesca: imita los giros de la época, y en su movido paisaje, extrae del pastiche la más fresca originalidad.

Portada de «Pamela», de Juan Perucho

Portada del libro Pamela, de Juan Perucho, edición de 1983

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