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Juan Perucho

Las historias naturales

La fecha es el 2 de noviembre de 2002. Los asistentes al Congreso Nacional de Fantasía y Ciencia-Ficción saben que a Juan Perucho se le ha otorgado el premio Gabriel por la labor de toda una vida. Fatigado pero feliz, el escritor no puede acudir a la cita, pero envía una nota de gratitud que resume su poética. En ella, alega que la realidad no le gusta: «A mí, una historia en la que el cartero se enamora de la portera me da igual, porque de siempre ha ocurrido. Lo que realmente me impresiona muchísimo es que un cadáver sonría en la oscuridad o que los flecos de una cortina en un pasadizo tenebroso se agiten mecidos por un aliento extraño». Esto es lo que, de verdad, le interesa, pues se trata de fenómenos carentes de explicación positivista: «Los canónigos, en España y en todo el mundo, creen que los cadáveres de los santos se conservan incorruptos. Lo que no entienden los canónigos es que en Rumanía y Hungría sí existen unos cadáveres que sonríen, como Onofre, el primer vampiro que existió en España, una historia que recogí en mis Historias naturales».

Al referirse a esta pieza de 1960, el escritor vincula toda su literatura a una atmósfera genuina, característica del llamado género fantástico. Desde luego la maravilla es muy apropiada para el genio soñador de Perucho, incansable buscador de curiosidades en una librería amplia y exquisita. En este caso, la convención es casi desinteresada. A través del personaje central de la antedicha novela —el naturalista liberal Antonio de Montpalau— la leyenda balcánica del vampirismo adquiere forma erudita en una aventura enciclopédica, más variada y graciosa que sus góticos referentes: aquellos folletines de horror a los que nos acostumbró la Inglaterra victoriana.

A decir verdad, la peripecia de Montpalau arranca epistolarmente, sin excesivos azoramientos. Remedios, baronesa de Urpí, envía una misiva a su hermano, el Marqués de la Gralla. En ella, pide ayuda ante los desmanes del Dip, un ser «dotado de perdurable poder de supervivencia a través de los siglos, y que, de vez en cuando, venía de no se sabe dónde y reivindicaba la sangre a que tenía derecho para su generación y nutrimiento». Montpalau acepta el reto en busca de un misterio feliz, y sus pasos le llevan a ponerse del lado de don Ramón Cabrera, víctima de la abominable contaminación.

El héroe racionalista profundiza en un universo sofocante, habitado por animales místicos, nobles chupasangres e ilustrados cuya biblioteca les ha vuelto melancólicos. En esta empresa narrativa, Perucho triunfa de forma inapelable. Al igual que Oscar Wilde, odia el realismo vulgar en literatura. Demostrando generosidad, incluso añade al texto un índice onomástico; un inventario que guía a los lectores menos informados por este callejón de las sombras hacia el que tiende su imaginación soberana.

Grabado que representa dos demonios tirando a un monje al Tiber
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