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Juan Perucho

Libro de caballerías

El prestigio libresco se sitúa de la parte de Perucho. Sus obras, aclara, son literarias en un sentido profundo: «Vienen de la erudición, no de la cultura popular». Fue por esto mismo por lo que los críticos vieron en su Llibre de cavalleries(versión catalana en Áncora, 1957; castellana en Táber, 1968) una mezcla inolvidable de referencias e invenciones. Entre las primeras, no han de faltar dos: el cronista gerundense Ramón Muntaner (1265-1336), autor de la Crónica o descripción dels fets e hazanyes del inclyt Rey Don Jaume Primer, Rey d'Aragó, de Mallorques e de València(1325-1328), y el valenciano Joanot Martorell, responsable de esa obra maestra de la literatura caballeresca que es el Tirant lo Blanc (1490), traducida al castellano en 1511. Un buen amigo de Perucho, Martín de Riquer, liga la obra de Martorell a otras dos creaciones del mismo linaje temático, lo cual también las aproxima a este Llibre de cavalleries. Nos referimos a la novela catalana Curial e Güelfa (1456) y a la francesa Histoire du petit Jehan de Saintré (1452), de Antoine de la Sale.

Antoni Vilanova es uno de los primeros en darse cuenta del interés de la obra. Su reseña, aparecida en Destino el 11 de mayo de 1957, destaca el modo en que Perucho sabe operar en el campo de lo maravilloso, del misterio y el absurdo. Esta concepción estética es una herencia de los Mites (1954), de Jordi Sarsanedas, obra salteada con similares ingredientes poéticos.

En opinión de Vilanova, Perucho juega con la historia; entrevera flujos temporales con la misma destreza puesta de manifiesto en Orlando, de Virginia Woolf, y en Rip Van Winkle, de Washington Irving. Aunque respetuoso con la claridad formal, el recién estrenado novelista deshila un argumento en el que coinciden pasado y presente en una rara sincronía. Así, en el plano actual, nos encontramos con el señor Dupont, gerente de la empresa Chevreuil y Hermanos. El tal Dupont es un asiduo visitante del Museo Fabre, fascinado con la sección de arte medieval. Su mayor deseo consiste en cobrarse una fortuna cuyas claves se ocultan en la Edad Media. Y por ello recurre al ingeniero Tomás Safont.

Tomás «ama la vida, a todo aquello que es vital y se afirma rotundamente. Pero las ruinas ejercen sobre él una fascinación única». Eso, y su estirpe familiar, le convierte en el idóneo paladín de esta aventura que festeja nostálgicamente un periodo fascinador de nuestra historia: el siglo xiii, el de mayor gloria para la marina catalanoaragonesa.

Es lástima que en estos años en que triunfa la novela histórica no se revise debidamente una pieza magistral como ésta, llena de aliento poético, nada fácil, teñida por los colores oxidados del tiempo.

Detalle. Grabado de un caballero que huye al galope de un esqueleto que encarna la muerte; representación alegórica del poder de la muerte
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