Hubo tiempos mucho más crédulos que el nuestro, en los cuales unos comentaristas encarnados en poetas confundían la zoología con el mito. Predilecto entre sus géneros, el bestiario equivalía a la invención de una fauna apócrifa, que a aquellos autores les servía como reverbero alegórico de valores morales: como una teratología a expensas de la humana costumbre. El Perucho que se aplica a este modelo es el erudito bibliófilo, capaz de repetir el mismo viejo procedimiento en este Bestiario fantástico, al que añade, a modo de apéndice, la muy festiva Jaula para pequeños y felices animales. La empresa es paradójica, y fija su imaginativo vaivén entre la zootomía medieval, las metamorfosis satíricas y los catálogos propios del gabinete de maravillas ilustrado. Con razón dice Carlos Pujol que «donde el zoólogo acaba su inventario de bichos, empieza la labor del poeta, completando con fábulas maravillosas las limitaciones del mundo animal».
La narración de Perucho admite la ironía, el coqueteo intelectual, la sabrosa cita y el chiste que se disimula con la seriedad de una referencia libresca. Son tantos y tan felices sus hallazgos que cualquier selección se nos antoja insuficiente. No obstante, es difícil escapar al encanto de aquel monstruo que amedrentaba a los cristianos de Chipre, engendrado artificialmente por el mago Barjesús: «Se llamaba Pamphilio y, aunque cubierto de escamas de pez, era —según un texto de Ceferino, obispo de Roma— animal terrestre y muy saltarín, por cierto». A buen seguro, Borges, otro zoólogo de postín, hubiera disfrutado con el Alejo, esa bestia que se apareció, por vez primera, a Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, cuando redactaba su Ensayo sobre alfabetos de letras desconocidas(1752). Y es que este endriago «tiene la virtud de hablar lenguas hispánicas prerromanas y, preferentemente, el ibérico, vocalizándolo con deleite y con una sorprendente y ruda musicalidad». También es muy regocijante el Colintro, «animal muy raro, procedente de las islas Chafarinas, cuya piel despide un perfume, sutil y evanescente, que provoca en las relaciones amorosas esta actitud absurda que ha venido en llamarse masoquismo». Más sutil en su expresión, el Dorado «surge a la superficie de los espejos, proveniente de las profundidades de la nada». Sin duda, pertenece a esa misma familia lírica el Palmarium, otro ser delicadísimo, «cuya naturaleza se manifiesta en la oscuridad de los rincones y siempre a través de ligeras crispaciones de aire, tiñéndose muchas veces de impensados colores».
Desde la aparición de la primera versión catalana de este libro, (Monstruari fantàstic, Galba, 1976), el número de sus admiradores ha ido en aumento. Entre los elogios que mejor le cuadran figura el de Álvaro Cunqueiro («Los animales fantásticos de Perucho», Destino, 15 de enero de 1976). Por descontado, no hay que olvidar otras piezas literarias que Perucho vincula al mismo repertorio de excepciones (a las reglas de la naturaleza, se entiende). Por ejemplo, La zoología fantàstica a Catalunya en la cultura de la Il·lustració (Discurs d'ingrés a la Reial Academia de Bones Bones Lletres de Barcelona, 1977).
Portada de Bestiario Fantástico, edición de 1977