El 24 de abril de 1962, gracias a la insistencia de Horacio Sáenz Guerrero, Perucho se incorpora al tinglado periodístico dentro de La Vanguardia. La experiencia crece en calidad y seguidores, de tal suerte que muchos de los artículos que escribe durante ese periodo terminan acomodándose entre las páginas de varios libros. Por ejemplo, Botánica oculta o el falso Paracelso(1969) e Historias secretas de balnearios (1972). En su madurez, el cronista decide recuperar tan fructífera costumbre. Retorna a La Vanguardia dispuesto a practicar un articulismo neoclásico, culto, de sesgo tradicional y rememorativo.
Reunidos en un volumen que publica March Editor (2005), los textos avanzan desde el 22 de diciembre de 1999 hasta el 7 de julio de 2003. En ellos se revela el Perucho anciano, fatigado de tantas cosas: un escritor que, finalmente, dicta sus líneas a viva voz. Mientras desciende hacia la oscuridad, teme el agotamiento de las palabras. A estas alturas, se ve incapaz de manejar grandes elementos literarios. Lo suyo es la substancia breve, la nostalgia fugaz, las notas esenciales de un pasado que va desvaneciéndose.
Desde el punto de vista estilístico, estas piezas son impecables. Cumplen con una premisa que puede proyectarse como consejo: «La verdad —dice— es que gran parte de mi obra son artículos, y siempre los he escrito siguiendo una norma: empiezo y acabo con una frase poética, porque es así como me gusta entrar y salir de la vida». En cuanto a los temas, diríase que prefiere el retrato. A veces, manifiesta su gratitud, como sucede cuando escribe sobre Julià Guillamon, Andrés Trapiello, César Antonio Molina o Joan Manuel Bonet. En otros casos, se sirve del recuerdo para registrar la importancia de creadores como Tàpies, su amigo Vilanova, Xavier Bru de Sala, Carlos Fisas, Julián Ayesta, Carlos Casares, Joan Manuel Nadal, José María Junoy o Luis Rosales. Por lo demás, estos escritos sirven para excitar la inteligencia y encienden chispas de ingenio que nos recuerdan, por su sentido común, al maestro Chesterton.
En no pocos artículos, estalla la queja ante un panorama poco alentador. Robert Saladrigas mira hacia los extremos de este repertorio y manifiesta un convencimiento desgraciado: «Pese a haber escrito mucho, tal vez demasiado y con cierta despreocupación, Perucho nunca consiguió ser santo de la devoción de los exégetas de lo políticamente correcto en la Cataluña democrática». Las razones, no obstante, escapan al determinismo ideológico. Dice Saladrigas que al escritor no le han perdonado sus descuidos heterodoxos. Al parecer, hay quien no acepta el residuo creíble de esta fantasía. Y es que «las presencias etéreas del pasado formaban parte no sólo de los espejos sin fondo de su imaginario literario, sino de su vida diaria, más rica y por supuesto apasionante que la de gran parte de los mortales».