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Juan Perucho

Presentación

Para trazar un retrato de Juan Perucho que nos permita seguir la intensidad de su gesto literario -las señas de una encrespada imaginación—, debemos atenernos a los interrogantes que más vivamente animaron su trayectoria. Así se puede colegir el carácter de un creador a quien el buen gusto le precede. Dicho sea en el doble sentido de la palabra, pues Perucho cultivó esta estética del gusto en las artes y asimismo entre fogones; como literato y como gastrónomo refinado. Por práctico conocimiento, fue sumando el placer de las letras a los que provee la buena cocina. Añadamos a la mezcla otros sortilegios: una bibliofilia tenaz, buenas dotes para valorar la pintura, paciencia de cinéfilo, habilidad para concebir como útil cualquier fantasía descabellada, brisas de nostalgia filosófica, sentido del humor y olfato de historiador.

Esta dispersión de saberes no impide medir su biografía intelectual con el rasero lírico. No en vano, desde niño, fue apuntando las escalas de un camino que parecía destinarlo al oficio de poeta. Bien pronto, la sospecha se convirtió en certeza. A un extremo tal, que esa práctica, sin mayor esfuerzo, se tornó indispensable. «Soy poeta para toda la vida —llegó a deci—.«No dejaré de serlo, y el día que ello suceda, querrá decir que he muerto».

La impronta de una familia feliz y propensa a la cultura lo persiguió de por vida, y le hizo concebir como posible toda descripción plasmada en un libro. Esta certeza halla su cifra en los bestiarios, en los cuentos de fantasmas y en las relaciones de viajes imaginarios; géneros que figuraron en su biblioteca como esencias eternas de la condición fabuladora del ser humano, salvada para la memoria universal.

Poco sabemos, en realidad, sobre este cronista discreto, fuera de que su erudición adquirió modales corteses y de que a su prosa, tan accesible, jamás la perjudicó la veta culterana y heterodoxa que aún viene a distinguirla. Sin duda, es difícil e incluso peliagudo rescatar la semblanza de quien se ocultó entre anaqueles, tímidamente, allá donde ciertas lecturas le forzaron a refugiarse a la espera de tiempos más benignos.

Frente a esa cautela, halagar la vanidad del poeta equivale a enredar y desenredar la madeja de sus creaciones: delicadas, seductoras, despojadas de artificio, equilibradas, de fiel y admirable estilo.

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