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Juan Perucho

Biografía literaria. 4 de 4

En 1991, la Generalitat de Cataluña le otorga la Cruz de San Jorge. El pabellón de trofeos de Perucho ya contiene galardones como el Cavall Verd, el Ramón Llull y el Crexells. A ellos se añaden, al paso de los años, el nombramiento como escritor del mes de la Institució de les Lletres Catalanes y el Premio Nacional de las Letras. No obstante, el poeta luce estos méritos con esa misma discreción que ya quedó descrita en nuestro anterior párrafo. Este sentimiento moderado, quizá cauteloso, es el que agita la neblina de su libro de memorias, Els jardins de la malenconia (1992), donde la descripción de otras personas le permite restar nitidez a los datos personales. Valga la paradoja: estos jardines de la melancolía discurren a medio camino entre la timidez y la confidencia dicha en voz baja, como corresponde a un asiduo visitador de bibliotecas. Cuando se le pregunta por los honores que le faltan, responde con idéntica moderación: «El Premio de Honor de las Letras Catalanas, tampoco fue para Josep Pla ni para Carner, así que no me importa lo más mínimo no tenerlo. Pero, claro, para recibirlo era condición sine qua non escribir sólo en catalán y yo lo he hecho en las dos lenguas». En cambio, el Nacional de las Letras es un premio diseñado a su medida. Razonablemente, Perucho se siente un español que defiende la catalanidad con devoción; un catalanista comedido, fiel a la hispánica empresa, muy alejado del independentismo. Que nadie se llame a engaño: Perucho insiste en que su mayor aporte literario ha sido el de «incorporar lo catalán a lo español.»

Juan Perucho en su casa de ALbinyana durante una entrevista en 1991

Juan Perucho en el jardín de su casa de Albinyana durante la entrevista publicada en el libro Joan Perucho de J.M. Garcia Ferrer (el 4 de mayo de 1991).

También se siente muy honrado con la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona, pero este reconocimiento coincide con un periodo de zozobra física. Su médico le diagnostica cirrosis hepática. Es entonces cuando debe abandonar su puesto como articulista de La Vanguardia. Otros diarios también echan a faltar sus piezas breves, sus artes de ingenio para el consumo periodístico.

Conciliador y reticente a los encasillamientos ideológicos, el anciano escritor aprovecha su crepúsculo personal para recordar ciertos dramas. Por ejemplo: cómo la Guerra Civil dividió a los que escribían en catalán y a quienes lo hacían en castellano. Así, defiende la memoria de Rafael Sánchez Mazas, «uno de los mejores escritores, silenciado durante mucho tiempo». También reivindica a otros autores postergados: «Lo mismo sucede con Julián Ayesta y Helena o el mar del verano, con Mourlane Michelena o con Sebastià Sánchez Juan... ¡qué gran poeta! Dicen unos versos suyos: No em deu amor, / que no sacia, / doneu-me joia, / per morir. ¿Quién ha escrito cosa igual?» Digámoslo sin rubor: lástima que los críticos, en su mayoría, eviten la incorrección política que propone el viejo ilustrado. Él lo sabe bien: las banderías, por desgracia, imponen su color (sea éste político o empresarial) entre muchos de los modernos autores de reseñas.

La antología lírica Un silencio olvidado. Poesía (1943-1947) (con prólogo y epílogo de Fernando Valls; editada por Miquel Plana, 1993) devuelve a los lectores de Perucho una faceta que él juzga substancial: la del poeta que explora en dos lenguas los misterios del presente. Cree Juan Manuel Bonet que en el Perucho poeta se hallan las claves últimas de su personalidad literaria. «Un tanto secreto —escribe—, oculto por el narrador, el poeta ha dicho, en versos inmortales, el tiempo que pasa, su amor por Barcelona o por la paz de Albiñana, su admiración por al pintura de Klee o la música de Copland. Escribió versos conmovedores sobre la guerra civil. Fijó el fugaz perfil de ciudades lejanas, entrevistas».

Significativamente, Perucho cita en no pocas entrevistas de este periodo nocturno la Oración por los caídos, de Sánchez Mazas. Aludiendo a este escritor —antaño famoso, ahora ignorado por razones políticas—, nuestro poeta sostiene la postura del lector que se sobrepone a los prejuicios y los fáciles partidismos. Independiente hasta la incomodidad, Juan Perucho va perdiendo amigos —se los arrebatan la muerte o las circunstancias—, y por ello aprecia la fidelidad generosa de Martín de Riquer, Pere Gimferrer y Gerard Vergés. Por la misma razón, agradece con gentileza los elogios de Juan Manuel Bonet, Trapiello, Sánchez Molina, Martínez Montmany y Sánchez Ostiz.

El 28 de octubre de 2003, martes, muere a la edad de 83 años en una clínica barcelonesa. Los restos mortales del escritor son incinerados en el Tanatorio de Les Corts, durante una ceremonia discreta, a la que acude su círculo más íntimo de allegados. Los diarios publican necrológicas que nos permiten calibrar su herencia. Una de las más sentidas se debe a Francesc Parcerisas: «No hace mucho decidió dejar de escribir, de colaborar, y telefoneó para anunciarlo; le cansaba escribir, le cansaba leer; pero esperábamos que fuese una postración suave, más de coquetería que de dolor. Había aceptado con aparente estoicismo el fallecimiento de su hija». Sin ocultar la emoción, Parcerisas formula un deseo: «Ahora andará entre los ángeles —escribe—, o bajo la suave caricia y el ronroneo de algún gato doméstico, como él quería. En el limbo del que siempre será el fantasma sabio y amable, exigente y cordial de la literatura catalana moderna».

[Montaje fotográfico] Retrato de Juan Perucho

Retrato de Juan Perucho. Montaje fotográfico de Ana Santonja.

En opinión de Joan Enric Roig Santacana, no es fácil resumir en breves palabras una personalidad tan compleja como la suya. Roig cita a Perucho como polígrafo, como el autor que ha escrito con destreza sobre materias muy diversas: poesía, periodismo, cocina y vinos, arte y viajes. Esta diversidad de saberes respalda la siguiente conclusión de Andrés Trapiello: Perucho es un escritor ilustrado. ¿Y qué es un escritor ilustrado?: «Alguien con cierta fatal propensión a ser feliz» —dice Trapiello—. «El escritor ilustrado, en contraposición con el escritor romántico, que nace para la pena negra, busca el lado positivo de la vida. Más aún: un escritor ilustrado cree en la vida, mientras el romántico a lo más que llega es a sufrirla».

Nada de lo que Carlos Pujol escribe sobre Perucho carece de interés, pero la siguiente afirmación es idónea para animar a los nuevos lectores que, tras la muerte del poeta, decidan frecuentar su compañía: ningún otro autor ha manejado como él «lo imposible —subraya Pujol—, o al menos lo maravilloso, haciéndolo convivir con lo más cotidiano y familiar, con la sencillez de lo casero». Fue Perucho un tipo «indócil ante cualquier visión realista y verosímil, incomprendido durante mucho tiempo, pero cuando había modas que parecían emparentarse con él, marcaba distancias con un humor que distingue muy bien entre ficciones». Y es que, al resumir las cuentas, «un escritor digno de este nombre sólo puede parecerse a sí mismo, cualquier otra semejanza es superchería».

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