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Juan Perucho

Biografía literaria. 3 de 4

Tras la primera tirada de Les històries naturals, se incorpora a la plantilla de colaboradores de La Vanguardia (1962). Durante décadas, los lectores disfrutan en compañía de este evocador metido a cronista. A partir de 1999, su sección más conocida en este diario exhibe un rótulo lleno de connotaciones: El Arquero Dubitativo. Bajo ese título, el escritor manifiesta, entre otras, dos de sus cualidades: la bibliofilia disciplinada y un prolijo conocimiento de las artes plásticas. De la primera es muestra el volumen Galería de espejos sin fondo (1963), y del segundo, el ensayo El arte en las artes(1964). La originalidad de tales obras llama la atención de Pere Gimferrer. «A comienzos de los años sesenta» —escribe—, «Joan Perucho representa en Barcelona, en una Barcelona más oscura y más humosa de lo que hoy suele creerse, una de las grandes voces de la anormalidad literaria, y la anormalidad o anomalía era lo que en aquel momento más podía atraer a un escritor joven». Según Gimferrer, lo más característico de este poeta, narrador y ensayista es su don de «intercambiar y hacer deliberadamente irreconocibles las fronteras de los géneros y también la frontera entre lo real y lo ficticio».

En Roses, diables i somriures (1965), Perucho reordena materiales sobre los que ha trabajado previamente. Con el tiempo, la fertilidad de sus conocimientos adquiere forma editorial en títulos como Gaudí. Una arquitectura de anticipación (1967), ilustrado con fotografías de Leopoldo Pomés, Nicéforas y el grifo (1968), Los misterios de Barcelona y otras informaciones (1968), La sonrisa de Eros (1968) y La cultura y el mundo audiovisual (1968).

Precisamente es en un año mágico y convulso, 1968, cuando le encomiendan la coordinación de la Biblioteca de Arte Hispánico que publica la editorial Polígrafa. Al poco, llega a ser director literario de la editorial Tàber, donde se encarga de la Colección Ciempiés. A través de esta última, se gana amistades y devociones al divulgar la obra de autores como Antoni Comas, María Dolores Serrano, Terenci Moix, Álvaro Cunqueiro, Baltasar Porcel y Joan Teixidor.

Solapándose en los catálogos, las reediciones de su obra se alternan con novedades de alta calidad, como Botánica oculta o el falso Paracelso (1969), Antología poética (1970), El libro de la cocina española (escrito en colaboración con Néstor Luján; 1970), Historias secretas de balnearios (1970), Bestiario fantástico (1977), Les aventures del cavaller Kosmas(1980), Pamela (1982), Teoria de Catalunya (1985), Dietario apócrifo de Octavio de Romeu (1985) y La guerra de la Cochinchina (1986). Por esta época, ya hay quien le compara con el erudito Mario Praz, otro escritor fino, heterodoxo, amante de las obras de arte y de los rastros del pasado. Contribuye a esa semejanza la bibliofilia de Perucho. Y es que, a su modo de ver, el bibliófilo es un coleccionista como cualquier otro, pero que además lee los libros que adquiere («si no todos, la mayoría»). Acaso porque sostiene la secreta esperanza de que, entre páginas amarillentas de papel verjurado, «se le revele el porqué de la existencia del mundo, su misterio».

Juan Perucho con Martín de Riquer en la canonización de Sant Francesc Gil de Frederich

Juan Perucho con Martín de Riquer en el acto de canonización de Sant Francesc Gil de Frederich, hijo de Tortosa (siglo XVIII) y académico (como Perucho y Martín de Riquer) de la Reial Acadèmia de Bones Lletres

En 1981, su agente literaria, Ute Körner, envía a los integrantes de la Real Academia Española de la Lengua una muestra de la obra de Perucho acompañada de la siguiente carta: «Excmo. Sr.: Como seguramente sabe, los académicos Sres. Martín de Riquer, Fernando Lázaro Carreter y Pere Gimferrer se han dignado presentarme como candidato a la Real Academia Española. Si el proyecto prosperase, ello representaría un gran honor para mí y un deseado motivo para participar en las tareas académicas en la medida de mis facultades. También constituiría una feliz oportunidad para tratarle personalmente y acercarme a una obra tan relevante por la que siempre he sentido una gran estima. Reciba el más cordial de mis saludos, su affmo. Juan Perucho».

La misiva es demasiado franca en su solicitud y disgusta al escritor. En el fondo, encuentra este protocolo «vejatorio, inelegante, impropio de una persona sensible». Acaba renunciando a la elección y acredita, una vez más, su escaso interés por la prosperidad mediática y por las sonrisas del gran mundo. Discreto donde los haya, el narrador y mitógrafo prefiere la compañía de los fantasmas que pueblan su casa de Albiñana.

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