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Juan Perucho

Biografía literaria 1 de 4

Es fácil reconocer hasta qué punto los relatos de un escritor parten de lecturas previas e íntimas ambiciones personales. Conviene, pues, buscar una explicación de la obra de Perucho con la certidumbre de que sus fantasmagorías comenzaron a germinar en la biblioteca familiar. Nacido el 7 de noviembre de 1920, el escritor hereda de sus padres un doble legado: un bilingüismo sin contradicción y el amor por los libros. Ambas cualidades se solapan a partir de preferencias literarias como Ramón Llull y Ausiàs March, Quevedo y Cervantes. Un cosmopolitismo poco afectado le llega por estirpe, hasta el extremo de que Juan Ramón Masoliver subraya su linaje italiano (Peruccio) con notas de misterio.

Tras cumplir el programa educativo de las Hermanas de la Presentación y de los Hermanos de las Escuelas de la Doctrina Cristiana, ingresa en el Instituto Salmerón. Alcanza la adolescencia en un dramático escenario: la Guerra Civil mueve sus pasos hasta las baterías antiaéreas del Carmelo, al norte de Barcelona. Adquiere nueva formación gracias a los Servicios de Cultura en el Frente, al tiempo que descubre en la violencia la más elocuente imagen del tiempo que le ha tocado vivir. En 1939, pasa a formar parte de las tropas nacionales, que lo envían a Menorca con el fin de desmantelar los últimos resguardos republicanos.

Perucho en Poblet

Juan Perucho de joven en Poblet.

La posguerra es un campo propicio a las pasiones. En Perucho, éstas adquieren empuje intelectual. Como estudiante de Derecho en la Universidad de Barcelona, tiene la oportunidad de conocer a otros estudiantes que reivindican la catalanidad desde la Facultad de Filosofía y Letras. Entre los amigos que le conocen durante esa etapa figuran Néstor Luján, Antoni Vilanova, Josep Mayans, Manuel Valls, José M. de Martín, Francesc Mayans, Carles Fisas, Bonaventura Torres Muntán y Josep Riera.

Su vocación de poeta le permite alegorizar experiencias de hondo significado filosófico. Desde el momento en que ingresa en la revista Alerta, comprende que su línea editorial irrita a sectores reaccionarios del alumnado barcelonés. Por ejemplo, los ubicados entre las Juventudes Falangistas, que llegan a asaltar la sede de dicha publicación.

En 1941 obtiene la licenciatura. Al tiempo que encauza nuevas ambiciones profesionales, intuye que su línea poética adquiere pleno significado en lengua catalana. Ello agrada a uno de los personajes que mejor le ayudan a comprender esa identidad: Josep Palau i Fabre. Perucho ve impresos sus escritos en Alerta y Estilo; revistas que le permiten divertirse «enormemente y, a veces, peligrosamente».

El año 1945 llega a los lectores su primer poema en catalán, discretamente incluido en la revista Poesía. Poco a poco, ese propósito de ocupar un espacio bloqueado por la cultura oficial se convierte en costumbre de consecuencias morales. Por las fechas en que publica sus colaboraciones en Ariel (1946-­1948), descubre lo mucho que le une a intelectuales como Carles Riba, José María Valverde y Salvador Espriu. Según su propia confidencia, Ariel era impulsada por un grupo de espíritu básicamente nacionalista, en el que confraternizaban el poeta Palau i Fabre, el crítico literario Joan Triadú, el crítico de arte Cirici Pellicer y el novelista Jordi Sarsanedas. A nuestro escritor el proyecto le interesa, fundamentalmente, como vehículo cultural: «Era una manera de reaccionar contra aquella frase de Si eres español, habla la lengua del imperio que veíamos reproducida en una multitud de carteles en la universidad».

En 1947 da a conocer el libro Sota la sang, ilustrado por Ramón Rogent y editado por Carles Fisas. A los dos años, se casa con María Luisa, cuyo apoyo le será indispensable en los quehaceres literarios. Lo que sigue nos permite leer a un Perucho que memoriza con estilo de telegrafista: «Inmediatamente, Madrid. Oposiciones. Residencia de Estudiantes. Conversaciones con Vicente Aleixandre, Valverde y, poco antes de morir, de retorno a España, con Benjamín Jarnés. Colaboro en Ínsula. (.) He creído siempre que el mejor poeta catalán de nuestros días es Carlos Riba. Viajo intensamente».

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