Vieron fugazmente a unas «melusinas» tímidas escondiéndose detrás de unos roquedales e intentando cantar melodías disonantes y sincopadas, irremisiblemente tristes y sin ninguna gracia.
Éstas eran las visiones que salían del sopor y del silencio cuando, a media tarde, Arquímedes II volvió a levantar el brazo señalando hacia delante.
Con un latido mineral, la tierra se abría con grandes fisuras, emergiendo lentamente la ciudad de Indala desde las almenas de las murallas a las cúpulas y terrados de las casas, acabando por salir toda la ciudad alegremente multicolor y cubierta de piedras preciosas y gemas que brillaban contra el purísimo cielo. La ciudad se detuvo con la gran puerta de la muralla abierta. Suspendida en el aire flotaba como una melodía de cítaras.
(Tomado de Las aventuras del caballero Kosmas, Barcelona, Seix Barral, 1986, p. 53)
