Hay poderes sombríos, lívidas claridades hacia el atardecer, preguntas para las que no existe respuesta alguna. Hay también el dictado de la sangre que empuja a tientas, dejando la habitación manchada, el papel de las paredes roto, el techo goteante y un vasto horror en los labios y el corazón. Pero a veces no basta, para explicarlo, la fúlgida, hermosa, obsesiva brillantez del cuchillo.
Modesto Cuixart se mancha las manos con la oscuridad. La toca y la examina. Enciende un cigarrillo y sale a la calle. Bajo la noche de Barcelona se encienden y se apagan los anuncios de neón y, después, hablan las camareras, los limpiabotas y los que limpian las alcantarillas. A veces, una muñeca de cartón sonríe desde el escaparate de una tienda o cae el brazo de un maniquí.
(Tomado de «Una solitaria violeta», Dietario apócrifo de Octavio de Romeu, Barcelona, Ediciones Destino, 1985, p. 78)
