Se puede viajar de muchas maneras, e incluso hay quienes, sin ser vagabundos, lo hacen a pie. Participan en el fervor del viaje a pie, sobre todo determinados escritores, y es un viajar lento, despacioso y un tanto cansado. Constituye, desde luego, la mejor manera de conocer un país, y uno se funde con la gente y charla con ella mientras se lían cigarrillos, pero al final de la jornada, en el momento de sacarse los zapatos polvorientos, duelen los pies. (.)
Quien no esté obligado a escribir, puede renunciar perfectamente -y es aconsejable que lo haga- a esta manera de viajar, escogiendo en cambio otra más cómoda: en coche, por ejemplo. (.) Pero para ver el mundo, hay que tener un previo conocimiento de lo que se va a ver; de lo contrario, nos exponemos a hacer kilómetros sin ton ni son y, luego, al volver, cubrirnos de ridículo ante nuestras selectas amistades.
(Tomado de «Gaspar Gómez de la Serna por los caminos de Castilla», Los misterios de Barcelona, Barcelona, Ediciones Destino, 1988, p. 132)
