Algunas veces me sorprendo fumando en el transparente limbo de la bobería, y es cuando más rabia me da de mi inconsecuente visión del mundo y de las realidades que lo informan. Ello acaece en particular en la sala de espera de los aeropuertos, pues nada hay allí que conturbe el ánimo y más bien el confort y la técnica se hallan prestos a darnos toda clase de seguras confirmaciones. Miro a mi alrededor y constato el rostro impasible de los viajeros que aguardan sin la menor huella de nada en los ojos. Son gente moderna y circunspecta, muy bien vestida, educada en los altos principios de la disimulación y convencida, como yo, de la excelencia de los actuales medios de transporte. Además, nadie le obliga a uno a hacer algo contra su voluntad, si es que realmente no quiere, y es posible emprender un viaje en otras locomociones, no tan cómodas y rápidas, pero igualmente aprovechables. Me sonrío, nervioso, pensando un sinfín de cosas divertidamente horribles.
(Tomado de «El misterio de los aeropuertos», Nicéforas y el grifo, Barcelona, Ediciones Destino, 1987, p. 151)
