Avanzaba por tenebrosos pasadizos hacia el extremo oriental del muro, en el que se advertía una grieta de claridad. De pronto escuchó el grito de las gaviotas y vio el mar extendido a sus pies. El viento batía contra las ruinas, contra aquel silencio mineral, y se percibía un aroma de tomillo y de alga, de humedad y de matorral quemado.
Surgía la cripta de las Santas Marías del Mar, con la tumba de Sara y el castillo del rey Renato. Seiscientos hombres, con el estandarte de la Casa de Aragón, habían defendido el palacio de Benedicto xiii en la rica y noble Aviñón, la de las mulas de plata y el puente donde se baila. Se podía ver la muralla intacta, levantada con coquetería, entre sonrisas de la más noble clerecía y el perfume de las damas de Juana de Nápoles.
(Tomado de Libro de caballerías, Barcelona, Editorial Táber, 1968, p. 9)
