En Edimburgo, ciudad de excepcional belleza, se demoraron unos días, pero ante el temor de posibles barrabasadas del pterodáctilo decidieron partir. Alfredo, muchas veces, había subido al castillo para, desde allí, contemplar el vasto panorama que se extendía a sus pies. Leía De pactibus nuptialis, de Fontanella, para solazarse y, también, avizoraba el horizonte buscando pistas del siniestro vuelo.
Algunos animales degollados (en especial vacas y carneros) demostraron que el pterodáctilo había devastado las comarcas vecinas y que se adentraba en los Highlands, región desapacible e inhóspita, aunque de salvaje y taciturna belleza.
El rastro olfativo indicaba que seguía la ascensión hacia el Norte. Orillaron el Loch Lomond, bajo la presencia del soldado muerto sobre el lago (¡oh, la triste canción!) y siguieron perezosamente el camino cada vez más áspero y difícil.
(Tomado de La guerra de la Conchinchina, Barcelona, Plaza & Janés, 1986, p. 52)
