Habiendo desembarcado en el puerto de Palma, nuestros amigos encaminaron sus pasos hacia el Borne, delicioso y multitudinario paseo, y después de pasar delante de es quarter de San Pedro, viejo y desastrado, donde Ignacio había realizado unas imprecisas e imprevisibles prácticas militares, enfilaron la calle del Sindicato, llena de tiendas y panaderías con grandes ensaimadas en el escaparate. Dieron vueltas y más vueltas y atravesaron la calle de los Olmos, porque allí se levantaba el hospital donde Ignacio, durante aquellas borrosas experiencias castrenses de que hemos hablado, se curó de unas fiebres de Malta muy molestas y recalcitrantes. Iba a visitarle una parienta lejana de su madre, la tía Rosina, y le llevaba pequeños obsequios alimenticios (xua y sobrasada) que comía en un banco de los patios interiores, bajo la mirada recelosa de las monjas, partidarias de las dietas estrictas.
(Tomado de Pamela, Barcelona, Planeta, 1983, p. 199)
