Me había enamorado de Nekayah. La acompañaba en todos sus paseos (.) Paseábamos por los bosques y por las florestas que rodeaban el silencioso palacio. A éste lo había concienzudamente explorado de la mano de la princesa, pero me costaba retener en mi memoria la profusión de salones y cámaras (algunas de ellas, secretas), sus conjuntos de columnas jónicas (el estilo que gustaba al padre Tosca) y descubrí, por indicación de mi bella e inteligente acompañante, que muchas de ellas eran huecas y que su función no era sostener nada sino simplemente simular, pues, en realidad, eran entradas disimuladas a pasadizos misteriosos donde, se decía, se ocultaban, desde el tiempo de la reina de Saba, los tesoros que le regalara el rey Salomón. Supe entonces que mi querido padre Tosca las descubrió, catalogándolas y numerándolas, mediante la delicada percusión que realizaba con un martillito de plata».
(Tomado de Los emperadores de Abisinia, Barcelona, Ediciones Destino, 1990, p. 176-177)
