Si Marienbad fue el lugar preferido por la aristocracia europea para curar sus males o su tedio, todavía lo fue más el balneario de Carlsbad (asimismo en Bohemia) hasta el extremo de que casi todos los príncipes de las familias reinantes acudían a tan fastuoso y bello lugar un día u otro de su vida. Generalmente quedaban marcados por el impacto que les producía, y algunos parecían como embrujados por su recuerdo e incluso hubo quienes se suicidaron después de releer perfumados paquetes de cartas de aquellos días felices. Las cartas las había amarilleado el tiempo y las cintas con que se habían atado eran casi inexistentes por su fragilidad y de un desvaído color rosa de té. Inevitablemente, antes de que se produjera el hecho fatal -casi siempre un pistoletazo en la sien-, las cartas eran quemadas una a una en la chimenea y era triste ver cómo el fuego las convertía en negras mariposas de ceniza.
(Tomado de «Carlsbad y los secretos de la Historia», Historias secretas de balnearios con un Lapidario portátil, prólogo de Martín de Riquer, Barcelona, Editorial Planeta, 1972, p. 41)
