Analizó la leyenda balcánica según la cual, así como el agua influye en los seres vivos, de la misma manera, un cadáver enterrado actúa en el mundo exterior. La vida vegetal impide que la sangre del difunto se coagule. El sonrosado de las mejillas es como una flor de la muerte que brota como residuo de vida. Su acción sobre los seres vivos se explica porque los vasos capilares del difunto desarrollan un exceso de energía. La vida vegetal, que parecía anulada, reaparece con vigor. El cadáver, no obstante, una vez entra en relación con su víctima, produce en ella un efecto contrario, tal como el imán determina en el hierro la existencia de un polo opuesto. Se establece una acción nerviosa, ejercida a distancia entre el vampiro y el enfermo. Mientras el primero no ha entrado en el periodo de descomposición, el virus que había busca un organismo que esté en relación armónica con él, para comunicarle el propio contagio.
(Tomado de Las historias naturales, Barcelona, Edhasa, 1990, p. 81)
