La fabulosa elegancia de Degas no solamente se revela en el mundo del ballet y la ópera, que es uno de sus aspectos más conocidos, sino también en el colorido y exaltado ambiente de las carreras de caballos. Respecto de este último tema, sus cuadros son como una bocanada de aire fresco, y el protagonista principal deviene el caballo con su finura nerviosa y distinguida, su inteligencia y agilidad.
Germain Bazin nos dice que la pasión por los caballos le vino a Degas durante una temporada que pasó en el castillo de Ménil Hubert, en plena Normandía, castillo que era propiedad de sus amigos los Valpinçon, los cuales se dedicaban a la cría de estos animales. En este lugar tomó muchos apuntes y esbozos para sus futuras composiciones.
(Tomado de «Un toque de distinción», La puerta cerrada, Madrid, Huerga y Fierro, 1995, p. 34)