Contemplo la ciudad que se llamó Bizancio, luego Constantinopla (con el apelativo exultante de 'Nueva Roma'), y finalmente Estambul. Encima de la cúpula de Santa Sofía veo, un poco a la manera del ángel-veleta de la parroquial de El Vendrell, la imagen giratoria del caballero bizantino Kosmas, luciendo armadura de oro dejada al descubierto por una corta y elegante clámide de color rojo, parecida a la del joven atleta del Museo Arqueológico. Luego le veo descender hacia el Hipódromo, cabalgando un corcel cuyas virtudes relatan los labios de Miguel Psellos en su Cronografía de dudosa credibilidad. Para éste, quedaban atrás los tiempos de Byzas, el fundador de la ciudad, y los de Constantino, el que la engrandeciera y, a la postre, rebautizara.
(Tomado de Los laberintos bizantinos o un viaje con espectros, Barcelona, Bruguera, 1984, p. 83)
