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Juan Perucho

Los laberintos bizantinos

Por García Ramos

Grabado que representa a un gigante encadenado en una pequeña isla

No es fácil desvelar la tradición a la que pertenecen Los laberintos bizantinos; Joan Perucho construye sus antecedentes destapando toda una historia cultural paralela y secreta que recuerda la de los Heterodoxos y marginales de Menéndez Pelayo o aquellas bibliotecas de libros raros y curiosos de los bibliófilos catalanes del siglo xix.

Libro de un viajero imaginario, su origen es el mundo clásico griego, la expansión catalana por el Mediterráneo durante la Edad Media y el Renacimiento, el imperio otomano, la huella religiosa en las repúblicas soviéticas, el decadentismo occidental representado por los viajeros decimonónicos.

Durante la lectura presentimos la personalidad de un escritor catalán absorto en la erudición y la sabiduría. Imaginamos a alguien que mira al Mediterráneo con la intención de encontrar allí la superposición de culturas que la edad del tiempo ha ido acumulando. Su mirada no es la de un contemporáneo, sino la de un ateniense, la de un bizantino, la de un sefardita expulsado, la de un renacentista, la de un ilustrado viajero o un viajero ilustrado, la de un combativo romántico y la de un artista decadente. Podríamos decir emulando a Borges, Juan Perucho, que fue Juan Ramón Masoliver, corresponsal de La Vanguardia durante la Segunda Guerra Mundial, que fue el menorquín Arcadi Ferragut, encargado de transportar momias a la península para su estudio, que fue el arqueólogo Saturnino Ximénez, corresponsal de La veu de Catalunya durante los años veinte, que fue Sinibaldo de Mas, jefe de los comisionados secretos del Ministerio de Estado, que fue Ruy González de Clavijo, embajador de Enrique III ante el Gran Tamerlán en 1403, que fue. Esas épocas y esos personajes son los laberintos, el irresoluble enigma del tiempo cuya magia hace y deshace para que sintamos la historia como un escenario de sombras y fantasmas, para que nos sintamos nosotros con la misma inmaterialidad, insustanciales y etéreos. Aunque sobre todo, se infiltran los fantasmas que encarnan los nudos de la historia, esos seres que el narrador cree percibir en ocasiones con la nitidez y la fuerza con que se impone la realidad, una modalidad de fantasmas brotados de la historia que ocuparon alguna posición discreta en ella, pero que fueron testigos de deslumbrantes acontecimientos; personajes seleccionados para urdir los hechos y manipularlos. Son los comisionados, a quienes Perucho dedica el libro, sus seres más queridos, auténticos personajes literarios de excelsos paladares para catar las más sabrosas peripecias. Son sus predilectos Sinibaldo de Mas o el barón Corvo. El segundo, símbolo de la aristocracia decadente finisecular, representante de una nobleza fingida, de refinado disfraz para sus propósitos de pícaro de altas miras. Protegido de la duquesa Carolina Sforza-Cesarini, con quien desayuna caviar iraní y caldos selectos en la costa turca, mientras rumia su próximo sablazo a la poderosa aristocracia europea o norteamericana mediante la falsificación de un icono. La «desdeñosa, la elegante y siniestra figura del barón Corvo», describe el autor. Y Sinibaldo, autor de un diario en el que da cuenta de sus andanzas por Asia Menor, de su obsesión por desenterrar el tesoro del Rey Príamo en Troya, y se desvela por obtener el secreto de labios del arqueólogo alemán Schliemann, comisionado secreto que viajó disfrazado de polvorista, de tocador de cítara, de director de circo.

Fotografía de Juan Perucho en su casa de Barcelona

Juan Perucho en su casa de Barcelona.

Husmeando en el pasado, Perucho exhuma la vida y obra de intrigantes y secretos escritores, de raros hombres de estado y espías nostálgicos. El más simbólico es José Presas, perseguido político, disfrazado de almirante o bombero, que conoció a Byron y Polidori y a su amigo Shelley, a quien trató porque ejercía de homeópata. Presas, autor del emblemático Aventuras de un viajero perseguido por las sombras (1826). De él habla en el capítulo I de la cuarta parte: «Contribución a la biografía de Lord Byron», quizá uno de los mejores del libro por la perfección con que armoniza el viaje errático del autor-personaje Joan Perucho y las evocaciones históricas, de apariencia desordenada y sin hilván, pero que con un juego de manos revelan la explicación final. Y ningún otro capítulo recoge una cita más apropiada para describir estos «laberintos bizantinos» que el título de este espectro, José Presas: «Aventuras de un viajero.».

La dichosa frase de Goethe, «soy humano y nada me es ajeno», se realiza en este libro heterogéneo en el que se combinan enciclopédicamente la historia y el arte, la literatura, el dato erudito, la anécdota y el apunte científico o naturalista, la observación gastronómica. Todo ello amalgamando siempre por la perspectiva del conoseur, del entendido y exquisito Joan Perucho.

¿A qué tradición pertenece este catalán abierto a la historia y el mundo mediterráneos? Él funda una vía que secretamente apuntaron Cristóbal de Villalón o Raimundo Lulio, pero que apenas tuvo representantes hispánicos de renombre. Su prosa atraviesa la lengua y las fronteras para unirse a la de Durrel, Maistre, Chateaubriand, H. James y todas las tradiciones orientales.

¿Cuál es de veras su viaje? Su voz nos lleva a la confluencia de oriente y occidente, a la construcción y la destrucción de imperios, a la edificación de laberintos y a los desiertos en que ya no intuimos esas ruinas. En ese hacerse y deshacerse está lo que somos, están los fantasmas que nos representan. ¿Viajamos?

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