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Juan Perucho

El espejo de la vida

Por Juan Ángel Juristo

Grabado que representa a un gigante encadenado en una pequeña isla

Juan Perucho sentado durante una entrevista en su casa de Albinyana. Montaje fotográfico de Ana Santonja.

Existen para mí una serie de escritores españoles que son parte esencial de mi imaginario literario, un espacio tan importante que en él no sirven esas categorías de excelente, bueno, mediocre o malo sino que van mucho más allá. En ese imaginario literario se halla, por ejemplo, Karl May, y sus descripciones infinitas del espacio norteamericano, pero también Cervantes, o Shakespeare, al que leí muy joven, o Dostoievski. Pues bien, en ese espacio reservado a lo más íntimo de nuestra conformación artística, donde se refugia nuestro aprendizaje, nuestros orígenes, existen una serie de autores españoles, como Álvaro Cunqueiro, Juan Eduardo Cirlot, Eduardo Chicharro, Pere Calders, Joan Perucho, que han representado para mí la parte más insobornable a que pueden aspirar los artistas y ejemplo de independencia moral y, sobre todo, literario que debería ir mucho más allá de lo encomiable. Es curioso constatar de qué manera ninguno de ellos ha pasado a la historia de nuestra literatura con marchamo moral alguno, antes bien a muchos cabría calificarles de juguetones, cuando no de abiertamente frívolos o, por lo menos, raros. Alguno, incluso, caso de Perucho, de inclasificable, pues si bien algunos se han atrevido a hablar de muchos de sus cuentos como influidos por ciertos gestos queridos a H. P. Lovecraft, por aquello de la temática que contenía su primer cuento, Amb la técnica de Lovecraft, suerte de ideario de cierta parte de su especulación imaginativa, lo cierto es que esa técnica explica sólo una parte de su obra, pero no toda, ni siquiera la más abultada, al igual que adscribirle a la vanguardia o, mejor aún, a cierta pervivencia de lo clásico. Y lo mismo ocurre con su profesión, ligada a la judicatura, sí, pero también al periodismo, en el diario La Vanguardia, donde descolló, o a la crítica de arte, que ejerció con justeza en Destino, por no hablar de su faceta como novelista o cuentista o poeta o bibliófilo. en fin, un hombre del que bien se puede decir que tenía una vocación balzaquiana, en el sentido de inconmensurable y de apego a la vida, pero matizado en lo intelectual por una querencia que no contaba entre sus filas con el realismo y sus deudas. Creo que su legado, en este sentido, es digno de figurar entre lo mejor que nos ha podido ofrecer nuestra literatura en el siglo xx. Y no hablo de calidades sino de ejemplos tan importantes que conforman todo un legado cultural. La literatura fantástica, por ejemplo, sería sin la obra de Cunqueiro, de Calders, de Perucho un esqueleto mucho más raquítico de lo que es ahora, y esa mezcla de estilos, de cábalas, de imaginarios desiguales, de que se nutre la obra de Joan Perucho, por ejemplo, prefigura en cierto sentido el modo de hacer y de entender el mundo de muchos escritores de la posmodernidad, con los que nuestro autor tiene una ventaja añadida, la de no afiliarse a un interesado relativismo donde la mezcla de las cosas se ofrece sin rigor alguno.

Representación alegórica, serpientes del infierno enroscadas formando una pirámide

De la obra de Perucho, tan vasta y rica como la mirada que echaba al mundo, destacaría unos cuantos libros que cuentan como algunos de los mejores que ha dado la literatura española del último medio siglo. Desde luego, Les históries naturals, claro, pero también Galería de espejos sin fondo; Les aventures del cavaller Kosmas, una narración imprescindible si uno quiere ahondar en uno de sus imaginarios más fértiles, el del mundo bizantino, sí, pero cómo prescindir de Pamela o de Els secrets de Circe. Se hace muy difícil decantarse por alguno de los libros de Perucho, además, porque por suerte la mayoría de ellos se enlazan unos con otros, si no en lo temático, sí en los paisajes imaginarios, en ciertas percepciones casi incorpóreas pero que determinan en buena medida la atmósfera de todos ellos. Pero en fin siempre existe alguna debilidad, como la que tiene un padre por alguno de sus muchos hijos, o un coleccionista por algún objeto de su muestrario que no es quizá el más bello, ni siquiera el más dotado, pero que posee la virtud de estremecerle más de lo debido. Pues bien, si hay algún libro por el que yo tuviera que decantarme de entre la enorme obra de Perucho, aun dudando, aun arrepintiéndome de haber llegado a tomar una decisión injusta, como todas las decisiones que nos obligan a escindirnos, elegiría Los laberintos bizantinos, un libro raro, extraño, poblado de fantasmas, de huellas, de pasado, sí, pero también de un amor por las cosas concretas, por la vida de hoy, algo de lo que Perucho no puede prescindir, ni lo pretende, un libro que se cuenta entre las narraciones de un paisaje físico y cultural determinado más importantes de nuestra literatura. Confieso, sin embargo, que la debilidad por ese libro tiene un fundamento: la pasión compartida con él por el mundo bizantino. Y tanto fue así que en una narración mía, Detrás del sol, recreé una Bizancio casi imposible pero que, luego me di cuenta, quise tuviera toda la magia que muchos años antes yo experimenté al leer Los laberintos bizantinos. Esa es, quizá, la única deuda que tengo para con Perucho, un aire, una atmósfera, que queremos extática, como un instante de eternidad que dura menos que un soplo, la magia del arte, en definitiva, pero ¿se atreve alguien a querer más?, ¿es que no basta con esa influencia? Además, tengo para mí que, pasando por encima de otras deudas más evidentes y, por lo tanto, más groseras, aquello que distingue a la obra de Perucho de esas otras es su perdurabilidad discreta, su influencia secreta, que la hace menos espectacular pero mucho más segura, como en definitiva son las verdaderas deudas, las que parecen no notarse porque no empujan con malos modales sino que se introducen, casi pidiendo perdón, por las puertas de nuestra mente. eso sí, hay que tenerlas bien abiertas.

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