Centro Virtual Cervantes
Literatura

Escritores > Juan Perucho > Acerca de Perucho > Perucho y Drácula
Juan Perucho

Perucho y Drácula: aceptando al vampiro

Por Manuel Muñiz Menéndez

Grabado que representa a un gigante encadenado en una pequeña isla

Entre los subgéneros de ficción más característicos del último siglo (y del comienzo del presente) se cuenta sin duda el de vampiros. Y, si bien el mismo tiene su base en leyendas populares y sus primeras manifestaciones literarias modernas en relatos de autores como Sheridan LeFanu o Stevenson, las características que lo definen fueron fijadas por el Drácula de Bram Stoker. A partir del éxito de la novela del irlandés, prácticamente todas las obras que se han aventurado en el terreno vampírico lo han hecho repitiendo, retorciendo o confrontando las convenciones establecidas por aquel.

En su incursión en el subgénero con Las historias naturales, Juan Perucho siguió de cerca los pasos de Stoker, pero moldeando las claves de Drácula de forma muy personal, llevando su reinterpretación a los terrenos en los que se sentía más cómodo. De hecho, las diferencias más notables están directamente relacionadas con las grandes diferencias como escritores que existían entre los dos autores. Si Stoker destaca más por su capacidad de atrapar la atención del lector y hacerle implicarse con los personajes que por su habilidad estilística, Perucho hace gala de su estilo siempre a caballo entre la poesía y los aguijonazos de ingenio, prefiriendo retratar a sus personajes con breves pinceladas (notable en esto es el índice onomástico que cierra el libro, en el que las brevísimas descripciones de algunos personajes secundarios casi valen como pequeños cuentos en sí mismas).

Pero Perucho juega constantemente con los paralelismos entre su novela y Drácula. Para empezar, no resulta difícil establecer paralelismos entre los personajes de ambas. Antonio de Montpalau amalgama características de Jonathan Harker (protagonista), el doctor Seward (científico) y Abraham Van Helsing (estudioso de los vampiros y de las formas de acabar con ellos), su amada Inés se correspondería con Mina Harker -si bien desvaída por su mucho menor protagonismo- y sus compañeros Isidro de Novau y Amador hacen las veces de Quincy Morris y Arthur Holmwood. Pero Perucho demuestra su peculiar ingenio con un último paralelismo. El rol de Lucy Westenra, la víctima del vampiro a la que se intenta salvar en una lucha que permite a los protagonistas conocer la efectividad de sus armas, lo cumple (aunque con mejor suerte final) un personaje histórico que sin la habilidad de Perucho hubiese resultado casi inimaginable haciendo las veces de «damisela en apuros»: el general carlista Cabrera. En un brillante giro que realza aún más la peligrosidad y el poder del vampiro, es un célebre héroe militar la víctima escogida.

Por supuesto, están también las similitudes entre el propio conde Drácula y el vampiro de esta novela, Onofre de Dip. Este calza en el molde de vampiro «romántico» popularizado por Stoker, un monstruo humanizado, al que se puede comprender. Onofre de Dip resulta incluso más cercano al lector que Drácula, ya que es plenamente consciente del horror de su situación y termina por invitar al protagonista a su castillo para que le destruya y le permita alcanzar la paz (en una inversión de la invitación de Drácula a Jonathan Harker; doble inversión, al marcar este hecho el final de la novela en lugar de su comienzo). También coinciden ambos en estar «fuera de campo» durante casi toda la novela. Tanto Drácula como Onofre de Dip están ausentes durante muchas páginas, son sombras a las que se persigue, cuyas acciones los revelan pero que no se dejan ver.

Pero hay un último punto de contacto entre ambos libros que tal vez sea el más interesante. Se trata de un tema apuntado en Drácula pero que Perucho desarrolla de manera mucho más prominente: el enfrentamiento entre lo mítico y lo racional (y entre lo antiguo y lo moderno). El vampiro representa un pasado al tiempo oscuro y supersticioso y aventurero, mientras que sus antagonistas son las fuerzas del progreso y la ciencia. En ambos casos son estas las que vencen. Pero esta victoria tiene una condición ambivalente, ya que para derrotarle, los racionalistas deben de claudicar y aceptar la existencia y las características míticas del vampiro, hasta el punto de usar contra él las armas que dicta la tradición.

El vampiro —y con él lo mítico y lo poético— ha logrado ingresar en el mundo moderno, ser aceptado por la mente del hombre actual e incorporarse a su imaginario. El que en Las historias naturales el antagonista del vampiro sea ante todo un científico (que, como se nos dice en el índice onomástico, acaba descubriendo «la poesía de tres cosas: el Amor, el Misterio y la aventura») no hace sino acentuar esta tensión y esta aceptación. El negar al vampiro acaba por no ser un símbolo de razón, sino de una mente chata y mezquina, como es el caso de Segismundo Ferrer, el rival de Montpalau, al que podrían hacer referencia estas palabras de Van Helsing: «En esta época de las luces en el que los hombres sólo creen en lo que ven y palpan, la incredulidad de los sabios constituiría su [del vampiro] fuerza mayor».

Volver a la página anterior Subir al principio de la página Ir a la página siguiente
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es