Santa María. Espacios
La luz, siempre a la izquierda, comenzó a moverse y a crecer. Ya muy alta fue avanzando sobre la ciudad, apartando con violencia la sombra nocturna, agachándose un poco para volver a alzarse, ya, ahora, con un ruido de grandes telas que sacudiera el viento. Medina sentía la cara iluminada y el aumento del calor en el vidrio, casi insoportable. Temblaba sin resistirse, víctima de un extraño miedo, del siempre decepcionante final de la aventura. «Esto es lo que quise durante años, para esto volví».
Dejemos hablar al viento, Barcelona, Bruguera, 1970, p. 254.