Santa María. Espacios
Bamboleando su cúpula brillosa y negra, el coche fúnebre trepaba la calle, despacio […]. Vi la cruz retinta, la galera del cochero y su pequeña cabeza ladeada, los caballos enanos, reacios, de color escandaloso, casi mulas tirando de un arado […]. Pero detrás, a media cuadra, encogidos, derrengados, resueltos sin embargo a llegar al cementerio aunque éste quedara dos leguas más lejos, el muchacho y el chivo, un poco rezagada la bestia […] el último temblor del polvo asentándose...
Para una tumba sin nombre, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1970, p. 992.