Santa María. Espacios
Pasaron algunos meses desde el arribo de las mujeres. Nosotros, los que bajábamos el camino y los que no lo bajábamos, encogimos los hombros y aceptamos, indiferentes o no, que se quedaran para siempre. Los que íbamos a llamar en la gruesa puerta de la casa de la costa, hundida en el muro blanco y rugoso, flanqueada por los balcones con rejas y persianas pintadas de celeste, dábamos nuestro asentimiento, nuestra bienvenida, con los golpes, casi siempre desafiantes, de los nudillos en la madera.
Juntacadáveres, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1970, p. 863.