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Juan Carlos Onetti

Cuando entonces: aparece Magda y Onetti existe

Por Goran Tocilovac

[Caricatura] Caricatura de Jess.

Caricatura de Onetti realizada por Jess

Cuando en 1979 se publicó Dejemos hablar al viento (novela que recuerdo haber comenzado a leer cerca de medianoche para terminarla con las primeras luces del día), todos los amantes de Onetti temimos lo peor: se cerraba, de una manera espléndida y definitiva, el ciclo narrativo inaugurado varios decenios atrás en una Santa María al borde del agua, y que ahora culminaba con la ciudad imaginaria envuelta en llamas. No nos quedaba más que rendir pleitesía a un pasado glorioso y enterrar al maestro con todos los honores, no en vano dejaba detrás de sí varios hitos de la literatura universal (pienso, suponiendo que tenga que escoger sólo dos, en La vida breve y luego en El astillero). Nos resignamos a la pérdida, contentos de saber que el autor estaba a buen resguardo en su departamento madrileño: postrado en la cama con el tabaco y un vaso de whisky al alcance de la mano, leyendo tan sólo novelas policíacas de segunda categoría (las prefería a las obras mayores del género). Un descanso bien merecido, en suma. A principios de 1987 nos llegó la sorprendente noticia: se anunciaba una nueva novela de Onetti (aunque más bien se tratara de una nouvelle), Cuando entonces.

Recibí la noticia con alegría y algo de ansiedad, temeroso de que podía tratarse de una despedida novelizada de un autor de 77 años, un último testimonio forzado, una elegía intimista del desencanto y de la muerte inminente (entre tanto sabemos que no fue su última publicación). Pues nada de eso, todo lo contrario. Cuando entonces es un canto a la vida, al amor y al deseo; la afirmación de una fe. Y esa fe en la vida (destellos de goce intenso, así creo que la definiría Onetti) la encarna el personaje de Magda, Magdalena, (en referencia evidente a la prostituta redimida por Jesús). Toda la novela gira alrededor de «la divina Magda... hermosa, deseable y única». Magda es pasión y dolor hasta las últimas consecuencias, en un mundo crepuscular en el que acecha «la indiferencia, primer anuncio de la vejez».

[Fotografía] Edición de 1969.

Juntacadáveres, edición de 1969

La prostituta es un personaje recurrente de la novelística onettiana. No creo equivocarme al decir que aparece en todas sus novelas, con mayor o menor intensidad (siendo Juntacadáveres el punto culminante). Prostitutas vistas con una mezcla de ternura y de desprecio a la hora de cobrar sus servicios, pero con una complicidad solidaria y profundamente humana, porque a fin de cuentas «esas mujeres son un poco menos putas que las putonas patrias de la aristocracia de mi país». Personajes fatales por excelencia, que terminan arrastrando a los demás en sus caídas ineluctables, «Santas, putas y ese intermezzo que llamamos mujeres», cuando la noche comienza en el cabaret Eldorado y termina al alba en el bar No name. Entre ambos extremos, la vida misma, cuerpos que se buscan en la penumbra y en el alcohol para mitigar un vacío mayor, la soledad y una serena desesperación a la hora de aferrarse al cuerpo como el último goce ante la derrota final. Pero Magda es distinta, y afirma su credo más allá de toda moral: «... yo sólo creo en el amor loco. Lo demás son ganitas de encontrarse en la cama o un buen negocio de matrimonio». Y eso la salva. Puede entregar su cuerpo cuando le viene en gana porque está más allá del cuerpo, ella cree en el amor y sólo vive para él; el amor la transforma y le da un nuevo sentido, el sentido de la pureza revolcándose en el fango.

En varias ocasiones he tratado de imaginarme a Onetti en los últimos años de su vida. Y lo veo en la cama, hastiado y con los ojos entrecerrados, esforzándose por encontrar una razón para no abandonar la lucha. Sin el ánimo para construir una novela, pero aún con el ímpetu de regodearse con algún personaje querido. Y seguir adelante porque todavía se puede creer en los personajes que uno se inventa. En definitiva, es Magda la que lo mantiene a flote; desde el momento en que Magda comienza a existir Onetti escribe como quien se aferra a una tabla de salvación. Es consciente de que ambos están condenados a la muerte, pero compartir el camino es una manera tan inútil como deliciosa de aplazar la caída del telón. A fin de cuentas, Magda es la figura de la juventud eterna y no en vano se opone a Madame Safó, la vieja regenta de Eldorado, «aquel animal tan triste y anunciador del animal humano». Un halo de inocencia frente a la corrupción del cuerpo: sólo el tiempo merece nuestro encono. Pero ni el narrador ni el autor son tan ilusos como para creer en la realidad de sus construcciones. Por más que «se me ocurrió que la mujer del cabaret y la muchacha no existían de verdad, que eran dos farsas que sólo Dios sabía cuántas más guardaba en su repertorio», Onetti sabe que mientras pueda abrazar con la mente a la «mujer del cabaret y a la muchacha», estará a salvo de la verdadera muerte, la última: bajar los brazos y entregarse, plenamente, a la vacuidad.

Gracias, Magda, por tu generosa presencia.

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