Por Francisca Noguerol Jiménez*
![[Fotografía] Retrato de Onetti fumando.](../../../../img/onetti/onetti_fumando03_331.jpg)
Retrato de Onetti fumando
A lo largo de toda su carrera Juan Carlos Onetti practicó el cuento, género con el que comenzó su andadura literaria y que en ningún modo consideró inferior a la novela. De hecho, ninguno de sus relatos se revela como tanteo inicial en el proceso de elaboración de una obra mayor. Todo lo contrario: a veces, como en «La casa en la arena», el texto formó parte en principio de una novela —La vida breve— para adquirir vida propia e independizarse posteriormente.
Algunos de sus títulos — «Jacob y el otro», «Tan triste como ella», «La cara de la desgracia»— han sido adscritos indistintamente a las categorías cuento y nouvelle por su número de páginas lo que, teniendo en cuenta la diferente extensión de las novelas onettianas, da idea de un hecho incuestionable: los relatos no conforman un compartimento estanco, sino que suponen una puerta de acceso privilegiada para adentrarse en un universo narrativo caracterizado por la profunda coherencia entre las partes, la autosuficiencia y la visión de la existencia humana como un mosaico conformado por teselas de diverso tamaño, incorporadas al conjunto con cada nuevo título del escritor.
A ello contribuye la presencia de un narrador falible, testigo de hechos que no entiende del todo y que cuenta a través de elipsis, silencios y frecuentes incisos. Este hecho provoca una profunda desazón en el lector, que se sabe incapacitado para llegar a la verdad de los hechos. Otro elemento de cohesión entre los textos viene dado por la conformación de un espacio simbólico común: la ciudad de Santa María, imaginada a partir de referencias montevideanas y bonaerenses, melancólica, barrosa y marcada por un carácter fantasmagórico a tono con las ensoñaciones en las que viven sumidos los personajes que la habitan. Estos, además, aparecen interpolados en diferentes tramas, pasando de una a otra en distintos momentos de sus vidas y con diversa relevancia en cada argumento.
Perfectamente definidas desde el momento de su aparición y estrechamente vinculadas a las imaginadas por Roberto Arlt, Louis Ferdinand Céline y William Faulkner, las lúcidas criaturas de Onetti no modifican su conducta a raíz de lo que les sucede. En ellas se repite como rasgo distintivo la pasividad, resignación fatalista ante el deterioro a que las somete la vida por la que se convierten en observadoras privilegiadas de la realidad. Marginales por su extracción social o por el oficio que ejercen —inmigrantes, prostitutas, proxenetas, periodistas bohemios, gente de teatro desarraigada— e integrantes de una sociedad donde los demás, sartreanamente, «son el infierno», encuentran como único alivio a su soledad la evasión en el tiempo —el paraíso perdido de infancia y adolescencia—, el espacio —las patrias respectivas para los extranjeros, los espacios de la aventura para los soñadores—, la propia mente —la locura—, las emociones —el amor puro, sin mácula sexual— o la propia muerte —el suicidio—.
«Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo» (1933), el primer cuento publicado por el uruguayo, presenta ya los rasgos característicos de su literatura: mientras deambula sin rumbo fijo por la gran ciudad, un hombre mezcla recuerdos, deseos y sueños en desordenado flujo de conciencia para descubrirnos su alienación de la realidad y su consiguiente necesidad de inventarse una personalidad aventurera. El reflejo de la intimidad del personaje explica la pluralidad tempoespacial, los múltiples planos narrativos y el tempo lento en que se desarrolla la historia, tan característico de la escritura onettiana.
La primera frase resulta especialmente significativa de este hecho:
Cruzó la avenida, en la pausa del tráfico, y echó a andar por Florida. Le sacudió los hombros un estremecimiento de frío, y de inmediato la resolución de ser más fuerte que el aire viajero quitó las manos de los bolsillos, aumentó la curva del pecho y elevó la cabeza, en una búsqueda divina en el cielo monótono. Podría desafiar cualquier temperatura. Podría vivir más allá abajo, más lejos de Ushuaia.
A través de gestos aparentemente sin importancia reconocemos algunos motivos fundamentales del autor. El protagonista camina en busca de un vínculo cósmico, aspiración fallida por la monotonía indiferente del cielo. Ante esta situación, opta por evadirse en el mundo de los sueños, pensando en habitar un espacio mítico ubicado más allá de Ushuaia, la ciudad más austral del planeta. Un poco más adelante se acogerá a la ilusión que le proporciona su amor por María Eugenia, primera de la larga serie de muchachas onettianas en las que, amenazadoramente, se adivinan los signos de la edad adulta y que, como consecuencia de ello, se encuentran próximas a la caída: «Sólo una vez la había visto de blanco; hacía años. Tan bien disfrazada de colegiala que los dos puñetazos simultáneos que daban los senos en la tela, al chocar con la pureza de la gran moña, hacía de la niña una mujer madura, escéptica y cansada». Este personaje arquetípico se repetirá con infinitas variantes hasta «Bichicome», la adolescente deseada por el narrador del último cuento de Onetti.
Llegados a este punto queda claro el tema central de los cuentos que comentamos: la agonía del ser humano —en el doble sentido de lucha y estadio inmediatamente anterior a la muerte— en un mundo signado por el paso del tiempo. Pero esta agonía es descrita sin grandilocuencia trágica, con la contención característica de los mejores autores rioplatenses, con la serenidad del que se sabe más allá del desastre.
Si la vida gotea «como un aceite rancio» en los Poemas de la oficina del también uruguayo Mario Benedetti, tan similares en su atmósfera a la épica de la derrota onettiana, no queda más que el escape romántico a través de los valores comentados más arriba y que dan lugar a pasajes de brutal e irredenta poesía: un adjetivo al desgaire, unas pocas imágenes repetidas, unos trazos impresionistas y el lenguaje de los cuentos abrasa al lector con su frialdad. Así, «Bienvenido, Bob» presenta la adolescencia como la etapa de la vida en que la edad aún no es «una forma definitiva del ridículo»; la mujer que incentiva la representación en «Un sueño realizado» es descrita «con aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida, pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días»; por último, en «El infierno tan temido», relato de la humillación por antonomasia y preferido por el autor entre todos los que escribiera, la primera imagen enviada por la mujer a su antiguo marido y con la que desencadena el suicidio de éste es «una foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos, formando gruesas franjas indecisas, como el relieve, como gotas de sudor rodeando una cara angustiada».
Basten estos pocos ejemplos como muestra de la calidad de los cuentos onettianos, que han adquirido por derecho propio una importancia capital en las letras hispánicas del siglo xx. Probablemente, sin «Un sueño realizado» no hubiéramos asistido al patético concierto de Berthe Trépat en Rayuela, ni sería tan importante en la literatura uruguaya la figura del desarraigado —base de la cuentística de L. S. Garini, Julio Ricci, Mario Levrero o Hugo Burel entre otros—, ni la Mágina de Antonio Muñoz Molina sería un espacio tan claramente definido por el desamparo, los recuerdos y la soledad. Sin Onetti, en definitiva, no sabríamos que la poesía más alta habita en los territorios de la sordidez.
(*) Profesora Titular de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Salamanca. volver