![[Fotografía] Onetti fumando.](../../../../img/onetti/onetti_fumando02_331.jpg)
Onetti fumando
Cuando Onetti sale a la palestra, en la década de 1930, la narrativa rioplatense enciende un par de fuegos contrapuestos. Uno arde por la tradición realista, que data del siglo xix y se concentra en el estudio de prototipos sociales y modismos del habla. Otra se vuelca hacia las historias fantasmales con tiempos congelados o circulares, muertos y aparecidos que insisten en la vida de los vivos. En esquema: una sigue atendiendo a la historia, la otra la niega. Manuel Gálvez y Enrique Amorim, de un lado. Del otro, Borges y Bioy Casares.
A esta dicotomía poco podría aportar la herencia de las vanguardias. En general, habían afectado más a la lírica que a la épica y, por otra parte, sus principales valedores se encargaron de criticarla cuando no de denostarla. En pie sólo quedaba un vanguardista en activo, Oliverio Girondo, autor de versos.
Haciéndose cargo de estas tensiones, Onetti propone conciliarlas, a la vez que compartirlas, con una apelación al existencialismo. Provenía, cómo no, de Francia, pero rescataba para el Occidente lector de francés, a Kafka. Más cerca, la obra de Unamuno llevaba a Kierkegaard y este a Pascal y este, a Agustín de Hipona.
En efecto, el gesto narrativo de Onetti parece realista. Tipos medios, ambientes reconocibles, conversaciones prudentes, gusto por lo gris, lo sórdido, lo rutinario, lo olvidable. Pero, cuando los personajes de La vida breve se «escapan» hacia la recién fundada —narrativamente— Santa María, que será el escenario de una descoyuntada saga social, entonces la obediencia realista se quiebra.
Santa María es una ciudad de tiempos coagulados, de existencias fantasmales, de empresas a medio hacer y abandonadas, de prestigios falsamente cimentados en el delito y la mentira. Su historia está deshecha antes de hacerse y el paso de los días y los años no significa nada como elaboración de sentidos. Su cifra es ese astillero con su puerto de aguas estancadas, donde nada se repara ni se construye, un rótulo que no refiere ningún contenido. Los dirigentes repiten discursos ya pronunciados, que todos oyen y nadie escucha.
El existencialismo sirve a Onetti para unir el gesto con la narración, la retórica con el mensaje. Su mundo es un mundo de seres abandonados, cuya existencia es ese estar arrojados en un paisaje histórico donde la historia ha perdido todo su valor. La religión, la política, la industria son discursos estructurados pero anómicos, tienen validez formal pero no vigencia material.
Esta búsqueda existencial se vincula a la eclosión de las filosofías de la existencia en el Río de la Plata. Discípulos de Husserl, como Francisco Romero, o de Heidegger, como Carlos Astrada, introducen la imagen del hombre existencial: arrojado y abandonado a un mundo inhóspito, al cual la existencia le preocupa y la libertad le produce angustia. Otros escritores, como Ernesto Sábato, andarán por una huella similar a la onettiana. Se tratará de buscar sentidos para adjudicarlos a la vida, en la revolución política, en la iluminación mística o, simple y llanamente, en la historia misma como narración, o sea en la literatura.
Lo único que sirve para la construcción de sentidos es la propia narración. Es como si el escritor acudiera compasivamente en ayuda de sus personajes y los persuadiera de que son memorables, que merecen perpetuarse en un texto, aun al precio de mostrar en público su miseria y su inercia. Hasta el mismo estilo elaborado y puntilloso de Onetti, su exhibir con densa convicción el hecho de «estar escribiendo literatura literaria», parece indicar, subrayándola, esa maniobra de correr en auxilio del desamparo y la desolación de sus criaturas.
Tal vez en este cruce se pueda hallar el puesto que el narrador, un narrador aparentemente ajeno a lo que cuenta, en actitud doctrinalmente realista, ocupa en el texto. No es tanto el que narra sino el que escribe con fruición de lenguaje, con eso que algunos llaman estilo, acaso recordando que estilo es estilete, punzón que graba signos perdurables en una superficie dura y resistente.
Onetti se aquerencia en Santa María, paisaje alegórico del estancamiento que la historia alcanza en el Río de la Plata tras la Gran Depresión. En grandes textos de novela como Juntacadáveres o en relatos más breves como La muerte y la doncella, queda retratada una sociedad fantasmal, la que se transformó en espectro del pasado sin llegar a tener, del todo, cuerpo presente.