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Juan Carlos Onetti

El último Onetti, o el deber absurdo y sagrado de escribir hasta el final

Por Teodosio Fernández*

[Fotografía] Onetti junto a su máquina de escribir.

Onetti junto a su máquina de escribir

En Dejemos hablar al viento (1979) parecía haber llegado el final para Santa María, la ciudad que Brausen imaginó en La vida breve (1950) para terminar refugiándose en ella, destruida por la voluntad purificadora del comisario Medina con la colaboración de la manía incendiaria del Colorado, a quien los lectores de Juan Carlos Onetti conocían ya desde «La casa en la arena» (1949). El recuerdo de ese final daba un sentido preciso a la afirmación de que «todo estaba muerto, incinerado y perdido sobre el río, sobre la nada», atribuida en el relato «Presencia» (1978) a Jorge Malabia, exiliado como Onetti en Madrid y empeñado en seguir los pasos imaginarios de María José Lemos, una estudiante detenida y luego «desaparecida» bajo la represión militar que por entonces dominaba el cono sur de América. Relatos posteriores buscaron otros protagonistas y otros escenarios para contar sucesos o historias que contribuían a perfilar los matices de un universo en el que los sueños y la locura no resultan más misteriosos, inquietantes o absurdos que la vigilia cotidiana donde acechan la crueldad, la estupidez, la desesperanza o la vejez, de las que los personajes tratan de evadirse mientras se observa con ironía y a veces con cierta ternura los afectos, las ilusiones, las mentiras y aun los fugaces momentos de felicidad con que precariamente tratan de defenderse hasta la derrota inevitable y la muerte.

En esa línea había de inscribirse la breve novela Cuando entonces (1987), la historia de Magda (o de Petrona García), de sus amores y de su suicidio en Buenos Aires, que Lamas empieza contando a un narrador innominado en la cervecería Múnich, en Lavanda (otro escenario reconocible para los lectores de Onetti), y que luego el mismo Lamas narra sin interrupción en la medida en que fue testigo y partícipe de los hechos, para finalmente (tras una tercera parte constituida por las declaraciones de quien halló el cadáver de la mujer) referirse él mismo, ya de regreso en la capital argentina, a una muerte y a un accidente de aviación sin acertar a relacionarlos con la historia que había vivido y relatado. Los interesados en la obra del gran escritor uruguayo volvían a encontrarse con una ficción indiscutiblemente suya: lo son ámbitos como el cabaret Eldorado y el bar No name, donde en buena medida transcurren los hechos que protagoniza esa mujer de identidad misteriosa que aún parece conservar algo de la inocencia de una muchacha; lo es la imprecisión de los narradores, que no ocultan sus dudas y sus inseguridades al recordar y narrar hechos que no han conocido o comprendido del todo, y sobre los que en este caso nunca sabrán tanto como los lectores de la novela; y lo es también la atmósfera de farsa y de derrota que termina imponiéndose sin patetismo, a pesar de las esperanzas que los personajes alientan y de los momentos felices que también aquí consiguen vivir, como si lo absurdo de la existencia humana fuese el único descubrimiento posible al final.

[Caricatura] Caricatura de Sábat.

Caricatura de Sábat

Para comprobarlo por última vez, Onetti volvió en Cuando ya no importe (1993) a Santamaría (así se denominaba ahora), apenas afectada por aquel incendio del que alguna noticia vaga llega hasta alguien tal vez llamado Juan Carr, que es quien revisa viejos apuntes o anota sin entusiasmo los recuerdos que recuperan primero su trabajo de ingeniero (falso) en la construcción de una represa y luego como contrabandista y traficante de drogas, desde que se animó a huir del hambre que lo acosaba en Monte hasta que decidió regresar a su ciudad de origen, quizá para siempre. Las referencias a historias y personajes ya conocidos vuelven a dar a lo narrado una riqueza y una profundidad inagotables: ahí está aún el gallego y viejo Lanza, huido de la España franquista, y los recuerdos del boticario Barthé, y del proxeneta danés que pretendió crear el prostíbulo perfecto, y de la muchacha que recorría con su inútil traje de novia los parajes sanmarianos; y tantas otras historias que el lector puede recordar con la confusión que aconseja a Carr dejarlas a un lado o con la claridad con que las rememora el doctor Díaz Grey, ahora de nuevo protagonista mientras se distrae con el contrabando y el narcotráfico a la vez que mantiene la verdad o la farsa de su amor por Angélica Inés Petrus, así como su indiscutida condición de testigo privilegiado y lúcido de cuanto ocurre en Santamaría, cuyos secretos parece conocer hasta sus mínimos detalles. En la turbia red de las relaciones personales que se establecen a lo largo del relato, vuelven a resultar especialmente sórdidas las que unen a hombres y mujeres (éstas capaces una vez más de oscilar entre el candor y la perversión), sordidez que la ironía, la piedad y el amor apenas consiguen atenuar o matizar en algunas ocasiones. El suicidio de Díaz Grey parece mostrar que, como Larsen en su día, él es ahora la principal víctima de la lucidez, cuando el cansancio y la vejez le animan a poner fin a la farsa sin sentido y sin razones que representaba.

Las últimas ficciones de Onetti confirman así la visión de un ser humano perdido en ilusiones o empresas irrealizables, condenado a la soledad y el desamparo, protagonista de historias imprecisas. Como Díaz Grey en El astillero (1961), el lector puede sentirse feliz y reconocido al encontrar nuevas pruebas de que la vida de los hombres continúa siendo absurda e inútil. Desde luego, la condición subjetiva o poco fiable de lo relatado no impide potenciar a veces las referencias a la historia reciente: el clima de horror derivado de la represión militar de los años sesenta dota a relatos como «Presencia» y «El árbol» de un singular dramatismo, y Carr abandonó Monte cuando, en un pasado aún no lejano, los habitantes de los países del Río de la Plata buscaban sobre todo en Europa una salida frente a la crisis económica que les impedía conseguir una vida digna en sus lugares de origen. Tampoco faltan en Cuando ya no importe las referencias a la explotación de los más desafortunados, marcando nítidamente distancias entre el desencanto de esas ficciones y el fin de las ideologías que «esa broma que las derechas quieren universal» ha identificado como posmodernismo o posmodernidad. Aunque si algo manifiesta de principio a fin esa postrera novela de Onetti es la voluntad de ser fiel —como Carr cuando persiste en redactar sus apuntes— a un juramento sagrado nunca hecho: el de cumplir hasta el final un destino de escritor.

(*) Catedrático de Literatura Hispanoamericana, Universidad Autónoma de Madrid. volver

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