Por Trinidad Barrera*
Privilegio de minorías, «outsider», una marginalidad que lo convierte en escritor de culto, Juan Carlos Onetti (1909-1994) fue desde su juventud un perdedor sistemático. El uruguayo dio vida a Junta, a Larsen, al chulo desclasado de El astillero (1961), de Juntacadáveres (1965) y de tantas novelas y relatos. Su trayectoria se remonta a aquel primer cuento «Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo» (1933) y a la novela El pozo (1939) para llegar a Cuando entonces (1987) o Cuando ya no importe (1993), sus últimas creaciones. Cuentan sus biógrafos que desde pequeño experimentó sentimientos de fracaso en las facetas vitales de niño, luego de adolescente y más tarde, ya instalado en la literatura tras el estímulo de su indiscutible maestro, Roberto Arlt, fue segundón de galardones literarios hasta que llegó el Premio Cervantes en 1980. Para entonces estaba instalado en España, donde se había exiliado y donde le encontraría la muerte. Quizás lo que algunos han llamado la «seducción del fracaso» no fuera sino la defensa o máscara con la que el eterno perdedor debía protegerse frente al trato injusto, frente a la falta de sensibilidad ante una escritura impecable, de las más impecables del idioma castellano. En su juventud pasó largos periodos en Buenos Aires (1930-1934 y 1941-1955) y a partir de 1975 se trasladó a Madrid. No podríamos decir que el exilio modificara la obra que escribió en España; siguió en su mundo, de espaldas al compromiso político y a la novela de problemática social, huyendo de saraos literarios y haciendo gala de su postura de «indiferente», como le gustaba calificarse.
![[Fotografía] Onetti en Madrid en 1988.](../../../../img/onetti/onetti_1988_485.jpg)
Onetti en Madrid en 1988
A fines de los treinta llegaba al Río de la Plata una actitud familiar en la Europa de posguerra, la reacción negativa de los escritores o intelectuales contra los valores generados, germen del indiferente moral, del hombre sin fe ni interés por su destino que tendrá en los héroes onettianos el molde perfecto. Por lo demás, su pequeño país, Uruguay, había dejado de ser la «Suiza americana». Onetti, periodista de profesión y vocación, perteneció a la generación de Marcha, ligeramente nihilista, creadora de parias espirituales, de desterrados morales y desencantados políticos.
Desde el comienzo mostró desinterés por retratar la realidad externa y fabricó un orbe propio, una realidad dominada por la futilidad de afirmar la individualidad y por la impotencia para justificar una vida superflua en un mundo carente de sentido. Su mundo es autosuficiente, generador de sus propias condiciones de vida, y tiene un nombre: Santa María, el escenario de buena parte de sus creaciones. Santa María es una especie de «condado» creado como ficción y refugio a partir de La vida breve (1950), novela crucial en su trayectoria pues inicia una serie de reflexiones desplegadas en relatos posteriores.
Si El pozo prefigura los temas significativos de sus obras futuras, La vida breve es la matriz de un espacio mítico creado por Juan María Brausen como refugio frente a la soledad. El ciclo sanmariano se extiende a partir de entonces por novelas y cuentos, poco importa que en algún momento el fuego haga desaparecer ese lugar orillero —así ocurre en Dejemos hablar al viento (1979)— ya que éste sólo desaparecería a la muerte de su creador. En realidad, la primera aparición de Santa María se remonta a «La casa en la arena» (capítulo desgajado de La vida breve cuyo personaje central es el médico de la futura ciudad, Díaz Grey, que huye de la justicia por vender morfina) y continúa por La vida breve, «El álbum» (1953), «Historia del caballero de la rosa y la virgen encinta... » (1956), «El infierno tan temido» (1957), Para una tumba sin nombre (1959), El astillero, «Jacob y el otro» (1961), Tan triste como ella (1963), Juntacadáveres, «La novia robada» (1968), La muerte y la niña (1973), «El perro tendrá su día» (1976) y Dejemos hablar al viento (1979), donde la ciudad se quema, aunque volverá a resurgir de sus cenizas en obras finales. Este espacio creado como santuario salvador se convertirá progresivamente en metáfora del confinamiento, microcosmos simbólico que suplanta al mundo real.
Las constantes temáticas del mundo onettiano apuntan a la culpabilidad, la responsabilidad moral, la relatividad de la verdad, la locura, el amor, el sueño. Estos temas adoptan peculiares formas en sus novelas, el amor es cualidad de un instante y el sueño una experiencia imaginativa y poderosa. La salvación por la escritura será una de sus salidas, las implicaciones de la imaginación un escape frente a la precariedad esencial de la condición humana. «La pérdida del sentido a causa de estar escribiendo casi obsesivamente es un hecho religioso» o «Yo podría salvarme escribiendo» dirá Brausen en La vida breve. Estas frases reflejan dos aspectos del universo de Onetti: la profunda vinculación de su arte con las inquietudes de la época y la concepción de su obra como acto de creación de un universo verbal propio.
Con frecuencia la farsa anida en su escritura como insistencia en alimentar la ilusión de que la vida tiene una finalidad. Prevalece en su narrativa la visión de un hombre física y espiritualmente exhausto y atrapado por un proceso de desintegración, de ahí la proliferación de seres marginales en sus textos, héroes o antihéroes que son rufianes, prostitutas, enfermos, locos, todos ellos privados de ligaduras con el mundo, ya sean familiares u hogareñas. El desgaste no se limita a la existencia humana, afecta también a las cosas, a los seres inertes, como ocurre con la empresa del astillero en la novela homónima. La lucha contra esa desolación se revela inútil, la postura de sus héroes roza más la resignación que la angustia. Como dijera Mario Benedetti, «el fracaso existencial de todo vínculo se impone. En la raíz misma del ser humano está lo inevitable de su destrucción».
Los personajes de estas novelas tienen vocación de solitarios y viven dominados por el aburrimiento, la tristeza o la locura, forma perfecta del escapismo. También la muerte ocupa un papel central en toda la obra de Onetti. Comenta Aínsa que en la alegoría existencial del escritor
la metáfora de la vida como un pasaje de un sueño a otro, de un tránsito sin fronteras entre la realidad y la ficción, se completa con esta lección inesperada de la muerte, aceptada con la naturalidad de un sueño. Acto solitario por excelencia, la muerte en sus diferentes variantes estaría siempre anticipada por signos que impiden toda sorpresa.
Jorge Malabia. Ilustración de Luis Pérez Ortiz
Es lo que ocurre con la última novela, Cuando ya no importe (1993), auténtico y clarividente testamento literario de su autor prefigurado en esa última máscara, Carr, otro alter ego novelístico que adelanta su fin. Clarividencia para saber decir sí a la muerte.
Insistente en sus temas, Onetti ha sabido crear un universo cerrado que se remite de continuo. Sólo el arte —el de sus novelas y cuentos, tanto monta— parece erigirse como compensación estética a una realidad engañosa. Desde Linacero en El pozo a Brausen en La vida breve, desde Jorge Malabia en Para una tumba sin nombre a Carr en Cuando ya no importe, todos los personajes del autor tienen un indiscutible aire de familia. Las rupturas e innovaciones aparecen pronto en su escritura; ya desde sus crónicas de Marcha ponía en pie una actitud de provocación con el medio, una clara postura rupturista de la que era totalmente consciente. Interiorizar la narrativa, renovar sus formas y dar vida al lenguaje fueron para él tres objetivos prioritarios.
(*) Catedrática de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Sevilla. volver